Los niños de Palestina
José Gregorio González Márquez
caminosaltair (at) hotmail.com
Tienen la mirada perdida, escurridiza, lejana tal vez por la distancia que separa el corazón de la memoria. Desde muy pequeños ya tiene el estigma de terrorista impuesto por un estado que se regodea en calificarlos sin piedad. Un estado que se dedica a masacrar a sus padres, madres, hermanos, abuelos. Un estado que no respeta convenciones de derechos humanos ni cree en razones para actuar miserablemente. Los niños de Palestina han sido golpeados, asesinados de forma sistemática. La historia sigue siendo la misma; acabar con ellos permite a Israel apropiarse - usando el nombre de Dios - de un territorio que han pensado, les pertenece. La infancia queda atrás; es difícil la vida en la Palestina dividida por los sionistas. Las naciones del mundo no intervienen y si lo hacen solapan sus intenciones “de buena voluntad” con pronunciamientos ambiguos. A final de cuentas no les afecta ni les interesa. Es más importante estar de buenas con los imperialistas, con los explotadores.
Los niños de Palestina no tienen territorio para vivir en paz. Sobreviven porque tienen un corazón que les permite enfrentar la muerte sin apego a la vida; no tienen día ni noche, simplemente esperan que una bomba, obús o metralla les cercene la existencia. Conocen la sed y el hambre de cerca pues Israel se encarga de mostrárselas asediando sus casas; negándoles los suministros más elementales para que puedan alimentarse. Su derecho a la salud les está vedado, las heridas que le causan mayor sufrimiento son las del alma pues el cuerpo aun resiste.
El estado sionista creó guetos para justificar su “seguridad” copiados del sufrimiento que vivieron los judíos durante las décadas del treinta y cuarenta del siglo pasado; han perfeccionado la tortura atacando a civiles sin importarle los daños que puedan ocasionar. Los niños de Palestina llevan la peor parte, para ellos no existe futuro mientras los asesinos gobiernen su territorio; en tanto los poderosos asuman las riendas del mundo será imposible para ellos disfrutar de su infancia. Lejos quedan los juegos, el estudio, la armonía, el hogar donde puedan sentirse protegidos por el abrazo filial de la familia. Sin embargo, sobreviven al dolor, a la desesperanza. El miedo ya no forma parte de sus vidas; más golpes no pueden recibir. Quizás acostumbrados a la barbarie miran adelante buscando una explicación que justifique su sufrimiento. Esos niños que hoy son heridos o muertos por la mano asesina de Israel merecen un sitial de honor en la conciencia del planeta; ellos no desaparecerán de la memoria colectiva; perdurarán más allá del tiempo y la distancia. Podrán bombardearlos y tal vez matarlos, pero jamás los execrarán del planeta, nunca serán olvidados. VIVA EL PUEBLO PALESTINO