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[Autonomía y Metrópolis] 2.1 – EL PATIO MARAVILLAS/ Seis meses celebrando la vida y un largo prólogo

2.1 EL PATIO MARAVILLAS/ Seis meses celebrando la vida y un largo prólogo
Patio Maravillas, Malasaña (Madrid). Enero de 2008

No hay mapa del tesoro. El mapa es el tesoro

No hay un orden sincrónico en la historia del Patio. Las cosas no pasan una detrás de otra. Tampoco hay un ritmo uniforme. Como en la vida, el tiempo se acumula o se dispersa. Las trayectorias se disgregan, cambian. Se intensifican y se destruyen. El Patio nace como una herramienta para conquistar un espacio y un tiempo propios. Cuando hablamos de él —o sea, de nosotros y nosotras— usamos palabras que expresan deseos y análisis. Y eso también pasa a la vez. Los deseos y los análisis y las crisis.

Las hipótesis y las vueltas de tuerca. Tampoco hay una perspectiva única. No hay una mirada, sino muchas. La construcción de la mirada común de esas muchas puede ser el sentido de este texto, pero a la vez es imposible entenderlo como un texto cerrado. Es más bien un puzzle… O un punto de partida permanente.

01. Atravesar el tsunami

Toda historia tiene un previo, éste es uno de los previos del Patio Maravillas. Hay más, hay otros. Tantos como gentes lo habitan. El Patio no era un patio por aquel entonces (hace más de un año). Era una especie de intuición compartida a medias. Era una palanca para poner en marcha la vida colectiva.

Decíamos que queríamos ocupar para:
a) Abrir un conflicto material.
b) Experimentar formas de acción política
c) Tomar y hacer en vez de pedir y esperar.

La política de la “opinión pública”, la que expresaba un punto de vista a un agente exterior que iba a resolver un problema (del que generalmente era responsable) había fracasado tras las movilizaciones contra la guerra. Decir “No a la Guerra” no era suficiente, la guerra seguía. Había que “hacer No a la Guerra”. Y no sabíamos cómo se hacía eso, así que había que ponerse en marcha para saberlo. En ello no iba una idea abstracta, sino nuestras vidas.

Llamamos “Tsunami” al contexto colectivo que vivimos. Utilizamos la imagen de una catástrofe natural para recordar que el momento era catastrófico como sólo las guerras pueden serlo y que no había nada de natural en él. También porque el Tsunami es una ola y las olas se pueden surfear. Se pueden cabalgar. Pueden bucearse por debajo. Lo único que no se puede hacer con ellas es huir o enfrentarse a ellas de forma frontal (cualquiera que lo haya intentado en la playa sabe que el resultado es el ahogamiento o un dolor considerable en el pecho).

Tampoco es una idea nuestra, sino heredada. ¿Heredada de qué? De un ciclo de luchas mundiales que nos habían atravesado de alguna manera en los últimos diez años: zapatismo, Indymedia, otro mundo es posible, software libre, experimentación política, “Que se vayan todos”, Génova, Praga, Seattle, Barcelona, “No a la Guerra”, desobediencia, “No nos representan”, “No borders, No nations”, conflicto y consenso, “Somos un ejército de soñadores y soñadoras, por eso somos invencibles”, Mayday, cultura libre, territorio, frontera, ”Salta la valla”, “rebeldía”, ”V de Vivienda” y finalmente “Pásalo”.

“Pásalo” era el último eslabón de la cadena de reelaboración colectiva. El germen del Patio nació impulsado por ese multitud de gente anónima que, como un enjambre con muchos centros pensantes, tomó las ciudades de todo el Estado, desobedeciendo un estado de excepción impuesto desde arriba y produciendo a la vez, con su mera presencia rebelde y a través del conflicto, una realidad nueva. Y no lo hizo de acuerdo a un programa, sino porque se lo dijeron las tripas.

"Si no puedo bailar, ésta no es mi revolución"… Quizás sea eso. O una manera de decir que las revoluciones las hace el deseo, no el deber.

02. Entre lo necesario y lo imposible, rompemos el silencio

Hay caminos que se cruzan de forma inevitable. El eje de ocupación de la iniciativa Rompamos el Silencio produjo dos textos donde hablaban de ocupación. Esos textos fueron el punto intermedio en el debate sobre los centros sociales y una base para la construcción de una alianza que llevaría a la ocupación de El Patio.

La tarde del 1 de julio de 2007 cientos de personas ocuparon de forma pacífica un colegio abandonado desde hacía más de diez años en pleno barrio de Malasaña. Agazapad@s entre ellos estábamos quienes después daríamos vida al Patio Maravillas. Al menos una parte (la más pequeña). La ocupación del inmueble no fue el primer acto del "Rompamos 07", pero sí el que sirvió como sede de las jornadas, que duraron una semana. Esos primeros días fueron una extraña mezcla de caos, nervios, guardias nocturnas, limpieza y el principio de la concreción material de una idea que se venía fraguando meses antes, que empezaba a tomar tierra en los pasillos y que, gracias a las gentes que empezaban a pasar por las jornadas del “Rompamos” iba tomando forma. Fuera lo que fuera el Patio, nacía ligado a los movimientos sociales de la ciudad de Madrid; desde el principio es un espacio (un recurso, decíamos entonces) para otros y, esa semana de julio, ese “ser para otros” tuvo un sentido concreto.

03. Tomar la palabra

El lunes siguiente Rompamos el Silencio abandonó el edificio y “algo” denominado “Atravesando el Tsunami” y que en breve optó por disolverse convenientemente en la Asamblea del Patio Maravillas redactó un comunicado en el que anunciaba que quería poner en marcha un proceso para restituirle a la ciudadanía madrileña y a las gentes del barrio de Malasaña ese edificio abandonado. Ese colegio, que era una dotación social del barrio y por tanto de la ciudad, volvería a ser una dotación de facto.

En estos momentos, y para que no parezca que lo decíamos por decir, numerosos grupos de barrios (tanto vecinales, como artísticos, etc.) realizan sus reuniones y actividades en El Patio. El Patio cuenta con salas de ensayo para grupos de música y teatro, un taller de audiovisuales y uno de expresión plástica, un taller de bicis, una asesoría laboral para personas migrantes, una sala para niñas y niños pequeños, varios espacios de formación, aprendizaje de idiomas, etc. Un laboratorio de experimentación en torno a las tecnologías, una sala de acceso libre a internet, un servicio de telefonía gratuito, libre y disponible para cualquiera. Una cafetería, una radio y un mesón, así como numerosas salas polivalentes que son utilizadas de forma habitual por todo tipo de gentes.

Pero en aquella primera semana de julio nada de esto existía. Al contrario, había una notable cantidad de basura, de polvo, de ideas por concretar, etc. En aquella semana sólo teníamos nuestros deseos. Y eso fue lo que pusimos en marcha. Empezaron las visitas guiadas por el edificio, las primeras reuniones con l@s vecin@s, las primeras e intensas discusiones, las primeras visitas, l@s primer@s nuevos visitantes que se hicieron habituales, las primeras cenas, etc. El verano se presentaba como un ejercicio de resistencia creativa, con un Madrid aparentemente vacío que pronto nos sorprendería.

04. Empieza la defensa, empieza la resistencia

Uno de los motivos para poner en marcha la ocupación del edificio —lo hemos mencionado ya— era abrir un conflicto material, es decir, un problema concreto que inaugurara una experiencia política lejos de discusiones ideológicas e idealismos abstractos. La vida —decíamos— son las cosas. Abrir un centro social en un edificio abandonado ponía ese problema (el de las cosas concretas) en el centro de nuestra vida. Nos ponía en tensión. Nos obligaba a pensar y a través de nuestra acción a descubrir la realidad, a proponer cosas nuevas. Una de las intuiciones que teníamos al entrar en el edificio es que vivíamos en una ciudad gobernada por el capital inmobiliario, en el que la clase política estaba rendida a la norma de las inmobiliarias. El “golpe de estado regional” de Tamayo y Sáez en las últimas elecciones autonómicas, que llevó a la victoria de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid, era la prueba última de que el capital inmobiliario de la ciudad había abandonado cualquier intento de mediación institucional, las mediaciones tradicionales de la política habían muerto y se imponía una lógica de guerra y excepción. En el Patio vivimos casi de inmediato esa lógica de guerra.

El 4 de agosto por la mañana, un grupo de personas intentó asaltar El Patio Maravillas y expulsarnos de su interior. El dueño del inmueble, vinculado al caso Tamayo y Saez y pendiente de juicio por numerosas casos de corrupción inmobiliaria, los había enviado para resolver la situación de forma rápida. Una mezcla de suerte, talento colectivo, solidaridad vecinal, etc., hizo que su plan fracasara estrepitosamente, demostrando que la peligrosa mafia transversal del ladrillo es, además, bastante zafia y bastante torpe.

El problema que se planteaba era que esa lógica de excepción y miedo podía paralizarnos. Para ponerle coto a la paranoia y romper la lógica de excepción (se puede tener miedo, pero no podemos tener miedo del miedo; hay que incorporarlo como parte de la acción colectiva), optamos por una de las dos o tres armas potentes que ha usado el Patio en su corta experiencia:
a) Ironía.
b) Apertura.
c) Construcción de redes.

Donde podría haberse impuesto una lógica de cierre identitario, de autodefensa cerrada, lo que hicimos fue abrir la experiencia. Construimos un comunicado para los medios de comunicación que, aprovechando un lenguaje más o menos cercano y la propia sequía de noticias de los meses de verano, consiguió atravesar los media y que se convirtieran en una pantalla de defensa (pantalla ambigua, ambivalente, a la que había que vigilar permanentemente, pero pantalla). En vez de callarnos, empezamos a hablar con toda persona que quiso preguntarnos y el que se calló fue el propietario. Aprendimos mucho de esos días. Aprendimos que conflicto significa apropiación de un tiempo y un ritmo propio, que conflicto significa no desdeñar herramienta alguna, que conflicto en el contexto comunicativo de la sociedad de control implica producción de materialidad y de mensajes: la comunicación se ponía en el centro de la acción política de forma muy directa.

La ironía nos permitió resituar simbólicamente lo sucedido que, no olvidemos, es en hecho gravísimo, un ejemplo de déficit democrático profundo. Darle un sitio en nuestro imaginario, en el que salíamos siempre victorios@s. Pudimos imaginarnos, por primera vez, ganando alguna batalla. Y eso es muy importante.

Lo tercero que hicimos fue confiar en las redes más cercanas, vecinales y colectivas. Activamos las redes informales y pedimos ayuda. ¿Cómo era aquello de La Bola de Cristal?: “Solo no puedes, con amigos sí”. Descubrimos que teníamos muchos amigos y muchas amigas. Much@s más de lo que habríamos pensado. Especialmente entre los vecinos y las vecinas de la zona.

También descubrimos que la desregulación del mercado había dejado un mes de agosto mucho más poblado que el de nuestras infancias. En agosto, en Madrid, hay mucha gente que está trabajando o que no tiene dinero para irse de vacaciones, así que el Patio no estuvo solo.

Ah, sí. Y además, como todo conflicto es material, hicimos miles de permanencias que nos quitaron el sueño y nos llenaron convenientemente de mierda, pero como somos un centro social pop y “gafapasta” (que nos lo han soplado) optamos por lavarnos mucho y bien. El Conflicto —descubrimos— también es comer bien e ir limpitos y limpitas.

A mediados de agosto comentábamos, “joé, si esto está así ahora, ¿qué va a pasar en septiembre?”

05. El asalto de la sociedad civil: septiembre/la calle

Septiembre fue una explosión. Una explosión de actividad, de proyectos, de ideas, de gentes. El Patio mutó de manera directa, radical, permanente. La potencia difusa que habíamos visto años antes en las calles de nuestra ciudad diciendo “No a la Guerra” asaltó el Patio. Trajo todo su entusiasmo, toda su energía y también todas sus carencias, las nuestras. Mientras las asambleas se volvían multitudinarias, los colectivos florecían por doquier, las propuestas se disparaban, el Patio empezaba a darse cuenta de que la existencia de espacios como los centros sociales era absolutamente central para la vida de una ciudad. La indefinición generalizada y la apertura permitieron que ese asalto de la “sociedad civil” fuera alegre, gozoso y un tanto caótico.

Para celebrar nuestra existencia, nuestra resistencia y nuestra rebeldía —pues de eso se trataba— decidimos salir a la calle. Un carnaval compuesto por los muchos diferentes que componen el Patio Maravillas se puso en común y asaltó el barrio de Malasaña a ritmo de samba, música, actuaciones, discursos, etc. Interrumpimos el tráfico y desobedecimos. Reclamamos unas horas las calles de nuestra ciudad y la hicimos, durante un rato, más bella, más común, más colectiva. Decíamos ese día en el texto que se leyó al final de la acción que la única manera de vivir era “resistir” y la única resistencia posible era “en colectivo”.

La apertura estaba hecha, ahora empezaba el proceso más difícil, componernos colectivamente, organizarnos, intervenir. Transformar la realidad y con ella, nuestras vidas.

06. Procesos y condensación.

Los siguientes meses, hasta diciembre, fueron de alguna manera la solidificación de todo aquello que habíamos vivido en los meses de verano y posteriores. Los espacios fueron asignándose, las discusiones fueron componiéndose, los eventos empezaron a convertirse en procesos. Las herramientas imaginadas empezaron a probarse y unas funcionaron y otras no. Hubo gente que se quedó, gente nueva y gente que se fue. Las relaciones se densificaron, los problemas empezaron a ser de índole cotidiana y comenzamos a poner en marcha los espacios de discusión colectiva (la asamblea política y la asamblea de gestión).

El proceso, de alguna manera, empezó a tocar techo colectivo, lo que dio lugar a una inquietud colectiva en torno al Patio. La inquietud motor de todo el proceso. Una inquietud ligada al deseo, a la pasión y no al deber. Queremos que el Patio sea mucho más que lo que es y eso implica avanzar y profundizar en el proceso de empoderamiento colectivo que hemos construido. Avanzar más en las herramientas organizativas, valorarlas y darles la vuelta. Ver qué nos está sirviendo y qué no. Queremos intervenir más allá de nosotros y nosotras. Queremos ser un proyecto político que exceda el espacio-tiempo del edificio. Queremos andar por esta ciudad como dejando algo más que surf en las olas del Tsunami.

Los Tsunamis son olas y en las olas hay agua y el agua sirve para hacer que las cosas crezcan.

En estos meses nos hemos dado cuenta de que existe una frustración enorme a nivel social, un deseo de canalizar de forma colectiva esa angustia, ese miedo vital, esa incapacidad individual y volverlo potencia, rebeldía y alegría colectiva. Sabemos que esa palabra, que lo significa todo y que, por tanto, nos es tan difícil abordar, es la clave y el centro del problema: precariedad. Ése es nuestro próximo objetivo, entendido en su sentido más amplio.

07. ¿Y ahora, qué?

Luchar contra la precariedad implica desde un primer momento varias cosas.
1. Construir otro tiempo —uno propio con ritmos nuestros y calendarios particulares—.
2. Distinguir entre proyecto colectivo y espacio físico como dos cosas distintas, aunque complementarias.
3. Poner en marcha herramientas concretas para defender ambos (proyecto colectivo y edificio) y cerrar el conflicto abierto con una victoria por nuestra parte (en ambos frentes). Medirse con la realidad implica la posibilidad de salir perdiendo, pero también de vencer.
4. Construir momentos de potencia colectiva más allá de nosotr@s —y para eso estamo elaborando ya un calendario de intervención (8 de marzo, 2 de abril, 1 de mayo, 1 de julio).
5. Construir herramientas de intervención para que esos momentos de potencia colectiva sedimenten en procesos que puedan crecer. Y para ello necesitamos la capacidad analítica que nos permita construir herramientas que funcionen. Máquinas que nos sirvan.
6. Salir de nosotr@s mism@s y componernos con otr@s. Y también hacer que nosotr@s mism@s seamos más.

Lo demás es una historia inconclusa. Nada de lo aquí expuesto es tan contundente, ni está tan claro. El Patio puede decir aún alegremente "No lo sé". Eso no ha sido nunca un problema. Estamos probando. En medio de las cosas. Conquistando fragmentos de alegría colectiva. No es poco.

08. Algunos conceptos que hemos ido manejando

Una aclaración. Cuando hablamos de conceptos sólo queremos reflejar algunos pensamientos que no responden a momentos concretos en el tiempo, sino que de alguna manera atraviesan la experiencia del Patio y que son, más que una ideología, un método. Un punto de partida:

• Los malditos cuatro ejes: cualquiera que haya pasado por El Patio en los últimos meses habrá oído hablar de ellos. Son como el norte, el sur, el este y el oeste, pero en acción política. Los ejes son: fronteras y ciudadanía, cultura libre, barrio y precariedad. Son, en realidad, una excusa. Una excusa para componer la organización interna del Patio. Algunos de esos ejes nunca han terminado de componerse del todo, otros casi se han vuelto inútiles porque las herramientas que han desarrollado “se los han comido”, otros se mantienen realizando distintas actividades. Los ejes nacen porque El Patio no pretende ser un espacio vacío atravesado exclusivamente por los deseos particulares de quienes pasan por allí. Tampoco quiere ser exclusivamente una colección de recursos, quiere ser también un experimento político organizativo, una apuesta por la producción de herramientas de intervención política. Los ejes son un punto de partida para experimentar, una red simbólica para poder andar por la cuerda floja.

• La producción de común: la gente que cruza y compone El Patio es muy distinta. Sus trayectorias vitales y políticas son de lo más dispares, igual que los intereses. La organización del Patio intenta que todas esas trayectorias individuales puedan componerse juntas de forma colectiva. Sentido común no es un “aplanar el pensamiento” no es “machacar la diversidad”. Sentido común es un proceso de autogobierno, de producción colectiva de normas de comportamiento, de búsqueda de anclajes a partir de las singularidades de cada cual. Producción de común, defensa de “lo común” y ampliación de lo común son tres patas de eso que llamamos Patio.

• La precariedad: la precariedad es el Tsunami. Es el aire que respiramos. Somos nosotr@s. Es nuestro empleo y nuestro paro. Son nuestros padres y madres y nuestros hij@s. Es nuestro tiempo. Es el enemigo. Somos nosotr@s. Es la condición de existencia a la que nos rebelamos. Es la normalidad del sistema. Es el tiempo ajeno frente al tiempo propio. Es la individualidad frente a la colectividad. Es la normalidad frente a la singularidad. Es el control frente al conflicto.

• El conflicto y el control: El Patio expresa un conflicto. Poner la vida en conflicto es rebelarse a la estabilidad sometida. Es juguetear con la posibilidad y materializar el presente. Es bailar con ritmo propio. El conflicto que expresa el Patio es, principalmente, defensivo. Defender lo conquistado. El control es el el software de Matrix, es la multitud de opciones en realidad totalmente codificadas. Es el miedo del miedo. Es “no nos falles”. Es la decisión entendida como oposición de contrarios ”sí” y “no”. El conflicto es el nacimiento de mil complejidades. Es reconocer que la realidad no es simple. Es un método de lucha.

• La concepción del tiempo: El Patio no se conjuga en futuro. No es idealista. No es un deseo de tiempos mejores. No es un formulario “a ver si hay suerte”. No es la lotería. Tampoco es exactamente el presente. No es el “ahora”. Más bien el tiempo del Patio es tiempo en “gerundio”. Es el hacer. Sólo existe en la medida que existe una acción colectiva que interviene sobre el presente, produce posibilidades futuras y genera memoria. Eso es, para nosotros y nosotras, tomar y hacer en vez de pedir y esperar. El Patio no vive un tiempo estancando, al contrario, se rebela contra sí mismo, se pone en cuestión. Duda y, a partir de ahí, sigue adelante. Sonríe y se mueve.

• Pedagogía de la abundancia: el tiempo que ha transcurrido desde que ocupamos nos ha demostrado la cantidad de posibilidades y oportunidades que somos capaces de generar y crear desde ese hacer colectivo, y a su vez, la cantidad de recursos para afrontar la vida en sus diferentes dimensiones (política, social, organizativa, económica, expresiva, etc.), es decir, la capacidad del Patio para generar producción social no mercantilizada.

• Democracia: radicalidad democrática como proceso; suena a rollo ideológico pero no es así. Cuando hablamos de proyecto político nos referimos a modelos de organización social y sus principios. El Patio en cierta manera es una pequeña polis con su propio modelo político y sobre ese modelo político intentamos cambiar la realidad más allá del Patio. Es nuestra propuesta política, una forma de ser y estar en el mundo. Esa forma de ser y estar se edifica sobre el lugar desde el cual nos relacionamos y en el cómo tomamos las decisiones. Por tanto, El Patio es un proyecto que busca la experiencia y la materialización democrática. Democracia entendida como proceso activo que intermedia y permea todas la relaciones y la búsqueda de lo común y no como estructura estática y mecánica. A su vez permite emprender caminos hacia el autoempoderamiento y la materialización de un nuevo tipo de derechos. De una ciudadanía activa.

Y eso es todo… O sea, que lo bueno está por comenzar.
 
 

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