1.4 CENTROS SOCIALES CONTRA LA METRóPOLIS
Marcello Tari. De la revista romana Posse, 2007. Traducción al castellano: Eugenia Mongil
01. Fuera de la teoría, dentro de la experiencia
A diferencia de otras muchas experiencias alternativas, la de los centros sociales ocupados —que en Italia ha tenido una amplitud sin par respecto al resto de países europeos—, nunca ha sido analizada profunda y sistemáticamente por el pensamiento radical local. Lo que en algún modo ha estado bien, además de la experimentación práctica, la invención de nuevas formas de vida, el determinarse autónomo de los lugares en relación a las necesidades y a los comportamientos subjetivos de los activistas y de “cualquiera” de las personas, ha sido la cifra específica de esta experiencia fundamental en la construcción de las formas de organización del proletariado postfordista.
El silencio de la “teoría organizada” en relación a la fenomenología de las formas de organización alternativa de la sociedad con frecuencia es síntoma no tanto de una falta de intereses sino de una incapacidad crónica, o simplemente de la ineptitud de la italiana para medirse con el movimiento real, o mejor, para estar dentro de él. Cuando no significa pavidez, obviamente. En efecto, se puede sostener que son los centros sociales los que han utilizado los saberes mayores: apropiándoselos, subordinándolos a iniciativas de base y obligándolos a un incómoda confrontación dentro de un ambiente muy diverso al de las aulas universitarias y de los convenios “de inclusión”, y no hay duda de que muchos inelectuales han extraído enseñanzas importantes.
En cambio, se ha desarrollado en el tiempo un saber menor de los centros sociales, una trama de saberes locales en sentido foucaultiano, que entrecruza filosofía práctica y carpintería de campo, arquitectura salvaje y culinaria de supervivencia, técnicas de guerrilla postmoderna y prácticas de afectividad comunitaria. Un saber “ingobernable”, siempre en proceso de obra, que difícilmente se presta a la tentación taxonomizante de las ciencias sociales o bien a la búsqueda de constantes y regularidades de la ciencia política. Por otro lado ni siquiera el lugar físico dentro del cual se materializa el centro social en el contexto urbano es una constante: después de un desalojo, éste puede aparecer en otra parte de la ciudad permaneciendo de algún modo y, al mismo tiempo, el propio centro social, aun permaneciendo en el mismo lugar puede convertirse en otra cosa, para bien y para mal.
En cualquier caso, la ausencia de la teoría organizada no ha perjudicado el crecimiento intelectual interno en los lugares ocupados, más bien ha favorecido la producción de una pluralidad de discursos autónomos, a partir de los cuales se han desarrollado alrededor de temáticas del precariado, de las nuevas tecnologías, del uso alternativo del territorio y de la experimentación de formas inéditas de cooperación. A fin de cuentas la opacidad de la estructura íntima de los centros sociales, debida también a la falta de una teorización explícita, no la ha dañado realmente, todo lo contrario, puede que haya alimentado una mitología a menudo infundada (como todos los mitos, por otra parte).
En cualquier caso lo que es opaco para algunos está totalmente claro para otros; además para otros, en cambio, esa opacidad es un síntoma criminal (cuando el poder no comprende un fenómeno, lo sabemos bien, lo asigna a la esfera del derecho penal). Por otro lado, la ausencia de una reflexión dotada de cierta solidez ha influido no sólo en la infravaloración de su importancia en el mapa político de la metrópolis contemporánea, sino, además, en la valoración de los ciclos de crisis que atraviesan los mismos centros sociales, todos sujetos fuertemente a la modificación de la composición social y de los territorios; transformaciones vividas tanto a nivel productivo y antropológico como político y ecológico —siempre que se entienda con esta noción “la producción de existencia humana en los nuevos contextos históricos”, por citar a Félix Guattari—.
Un centro social ofrece realmente materia de reflexión tanto a los filósofos como a los urbanistas, a los antropólogos, a los artistas y a quien quiera aprender cualquier cosa interesante sobre la producción de una subjetividad alternativa, pero sobre todo constituye un espacio de cruce (attraversamento) dentro del cual discurren contemporáneamente una multiplicidad de líneas de experiencia viviente que provienen directamente de los flujos metropolitanos y allí vuelven, transformadas.
Interrogarse sobre estos flujos, organizarlos en modelos interpretativos tendentes a la acción quiere decir indagar las formas en las que hoy día se dan las posibilidades de conflicto radical y de su organización dentro de las metrópolis europeas. Si en Italia, de hecho, la larga y densa historia de los centros sociales tiene una especificidad ireductible, es cierto que en los otros países europeos experiencias similares, comunitarias e ilegales, están presentes y producen hoy luchas, resistencia y formas de vida.
02. La máquina de los flujos
Un centro social es una máquina biopolítica muy compleja; al contrario de lo que muchos piensan, en efecto, no se trata únicamente de la gestión de un espacio físico para dar cabida a la contracultura, y mucho menos se trata de una versión modernizada de las viejas sedes políticas. Ciertamente contiene también estas determinaciones, pero las excede abundantemente. Ante todo un centro social es el encuentro de un deseo común que, atravesando una fuerza común (se requiere fuerza para ocupar y resistir), crea un espacio común donde desarrollar experiencias; un espacio regulado por normas no escritas compartidas en la asamblea, puestas a prueba cotidianamente y dado el caso cambiadas instantáneamente.
Cierto es que una mayor atención al “método” de la creación de las normas y por lo tanto de las formas de decisión sería probablemente muy útil, no para formalizar lo informal —que, antes bien, es la riqueza de estos lugares—, sino para profundizar y agrandar la experimentación política que desde los centros sociales se irradia en el territorio y no en último caso, porque la búsqueda de la “democracia absoluta” comienza siempre desde la puesta en discusión de los propios hábitos. No debemos olvidar luego que la mayor parte de aquellos que gestionan o frecuentan los centros sociales son jóvenes y jovencísimo es el modo en que discuten y practican la autogestión y por tanto parte fundamental del proceso de subjetivación que decide su militancia, así que un cierto anarquismo pedagógico es tal vez el mejor modo de crear los presupuestos para el aprendizaje libre del vivir en común y especialmente para permitir a cada cual la expresión de la propia singularidad.
En segundo lugar cada centro social, aunque tenga muchas cosas en común con todas las otras experiencias, es una diferencia. Con esto se pretende decir simplemente que no es posible pensar en un único modelo y repetible en todo y para todo, ya que las variables que cada organismo singular “centro social” presenta dependen de las variables del territorio en el que nace y se desarrolla, más allá de las personas que lo hacen, por lo que el común que cada centro social muestra tener con los otros centros sociales depende del hecho de que la forma metrópolis presenta, política y productivamente, muchos elementos homogéneos pero, al mismo tiempo, cada territorio singular posee una historia y una antropología política que actúa sobre la subjetividad, tal vez de forma lateral pero igualmente efectiva.
Incluso la manera de mostrarse al “público”, las relaciones internas y externas al centro, el modo de gestionar el espacio interno, dependen menos de su conformacion fisica que de la disposición antropológica de sus ocupantes y de la historia de aquello que lo rodea y atraviesa. No es indiferente que un centro social surja en mitad de un área industrial o en un centro histórico, en medio de flujos inmateriales o bien en el corazón de la periferia mestiza, pero sí es cierto que cada uno de ellos es capaz de poner en comunicación todos estos ambientes entre sí para hacer cualquier otra cosa. Si existe algo notable en el impacto de un Centro Social sobre una metrópolis es precisamente en la invención que éste hace de un territorio y en su continua modificación pero también, indirectamente, en la fuerza de inventar, a partir de otras experiencias, una actividad, la producción de otros territorios, que es de lo más fastidioso para el poder, que para ejercitarse tiene una necesidad vital de conocer el territorio para desplegar el control sobre las formas de vida.
En tercer lugar, cada experiencia sigue itinerarios propios dentro de la sucesión histórica global de las ocupaciones de los centros sociales. Las variables, si bien son infinitas, responden a las múltiples genealogías de movimiento que cada experiencia contiene y si bien, también aquí, todos los centros sociales pueden de algún modo ser adscritos a una historia común que corresponde a la Autonomía, no es indiferente el “tronco, cepo” del cual se originaron, presentando notables diferencias también en un mismo territorio. De lo que se está hablando no es de una entelequia, más bien la verdadera apuesta está en el descubrimiento de otras historias nacidas dentro del otro movimiento obrero y en la afirmación de una diferencia de la actualidad respecto tanto del presente como del pasado.
A propósito de esto, si bien comprendiendo el deseo de algunos de nosotros de apropiarse por ejemplo de las cámaras del trabajo, creo que cada generación tiene la necesidad de apropiarse o construir ex novo los propios lugares, así como se decía una vez a propósito de la Resistencia y de la continuidad con las luchas de los años sesenta y setenta, las “armas” de la revolución no pasan nunca de padre a hijo sino que cada vez se toman allí donde están, al límite, inventándolas.
En cada caso los centros sociales son ya en buena parte las nuevas cámaras del proletariado postfordista: sin ninguna necesidad de restaurar una representación general, éstos se muestran como ineludibles nodos organizativos de cada clamor que surge de la multitud. El centro social es por tanto un lugar físico y temporal de encuentro y transformación de los flujos; los mismos que el gobierno metropolitano trata de interceptar, ordenar y poner a valorar productiva y políticamente pero que, en este punto de crisis, sufren una modificación que los trastorna y los pliega de forma imprevista, a veces intempestiva, siempre alteradora. El centro social no gobierna los flujos, para entendernos, más bien los llama y los atrae todos a decidir sobre su propia ingobernabilidad.
03. La marcha hacia el centro: ¡Ungdomshuset resiste!
Hoy, primavera de 2007, el panorama general de los centros sociales en Italia no es para nada similar al de hace 15 ó 20 años, la época de su máxima expansión. Lo primero que salta a la vista es que éstos ya no son de ningún modo los restos del antagonismo de los años ochenta; un período heroico de resistencia a la transformación capitalista pero ya del todo superado, política y antropológicamente. La transición postfordista ha concluido, la nueva composición técnica y social de clase ha asumido facciones reconocibles y “cuadraturas”, las metrópolis constituyen ya el lugar general de la producción así como la fábrica lo era en la modernidad, las culturas urbanas se han multiplicado mientras se verifica a nivel europeo una homogeneización de comportamientos subjetivos.
La insurgencia ejemplar de Copenhaguen contra el desalojo y la destruccción del Ungdomshuset el pasado invierno, las luchas difusas para construir otros centros sociales y defender los históricos, la capacidad de organización de las luchas territoriales de estos talleres metropolitanos de la subversión pero, también, la búsqueda de nuevas formas de vida que tienden al éxodo (comunas, jardines y huertos comunitarios, squats multifuncionales, etc.) son todas determinaciones que muestran cómo los espacios sociales liberados están siempre en el centro del espacio metropolitano.
Y así como los centros sociales se han colocado tradicionalmente en espacios periféricos —no tanto en sentido geográfico como “semántico” y “político”—, esta marcha militante hacia el centro está subvirtiendo el tradicional movimiento que de aquí va hacia la periferia en cuanto vector de orden y producción, pero rompiendo además el efecto de englobamiento de la periferia por parte del centro que con frecuencia se sucede en formas “rastreras” y aparentemente inofensivas (al menos al inicio), como la gentrificación de las zonas proletarias y populares y/o de los barrios alternativos, o mejor de aquellas zonas metropolitanas en las que —a través de las luchas— se han afirmado formas de vida basadas en gran parte en el valor de uso y en el rechazo del trabajo.
A menudo la agresión total por parte del poder capitalista viene precedida por la invasión, primero esporádica y nómada y después estancial y continua, de aquélla que algunos definen como clase creativa, la cual, realmente, es una composición social que crea enormes ocasiones de beneficio para el capital y amplios espacios de corrupción de las formas de vida autónomas. Por favor, ¡manteneos lejos de los “creativos”! De hecho, si se mira bien, a esta nueva cualificación de los espacios sociales autoorganizados corresponde el ataque que el capital, en cada una de sus formas, está llevando a cabo masivamente en las metrópolis europeas: bajo la dicción neutra de recalificación urbana, en toda Europa los agentes de la renta capitalista están “metiendo a hierro y fuego” las ciudades, tratando de evacuar y/o destruir todas las experiencias autónomas y antagonistas.
Pero atención, no aquellas simplemente “alternativas” —que hasta les pueden resultar útiles para la puesta en valor de un territorio—, sino aquéllas no asumibles, aquéllas que más allá de ser lugares donde se hace cultura más o menos alternativa, se determinan como espacios de organización autónoma de las luchas metropolitanas. Por retomar el ejemplo de Copenhaguen, mientras Christiania ha llegado a un acuerdo con (bajo) el poder público, las personas unidas al Ungdomshuset han sido reprimidas violentamente y continuan las movilizaciones en las calles. Se ha producido así la onda más grande de movimiento que jamás se ha visto en Dinamarca: el Ungdomshuset está en todas partes, si bien ha estado a ras del suelo. En este sentido, no basta ser un centro social para ser un nodo del contrapoder multitudinario: hay que devenirlo continuamente.
En Italia hay algunos centros sociales (desde el más famoso, el Leoncavallo) que ojalá todavía puedan construir iniciativas contraculturales, pero que en este punto están atados de pies y manos a una política institucional que los coloca en otra dimensión de lo político respecto a aquéllos que resisten y se desarrollan bajo una hipótesis de conflicto autónomo. Y no porque los centros sociales sean apolíticos (según la definición que el gobierno de izquierda dio recientemente de cada sensibilidad extraparlamentaria), sino por su íntima vocación de invención de un político irreconocible/irreceptible por los gestores contemporáneos del consenso.
Es cierto además que existen algunos que confunden esta hipótesis por una vocación de minoritarismo y de cierre, pero en la inmensa mayoría los centros sociales se disponen hacia la ordenación de la autonomía metropolitana, en un continuo entrecruzarse con los flujos de inteligencia, de subversión, de subjetividad y de insurgencia de los que nuestro tiempo está lleno. Construir la propia presencia conflictual en un teritorio, para un centrosocial, en efecto, significa mostrarse como potencia alternativa, institución proletaria con la finalidad de la organización y de la mediación de los conflictos respecto al alto, es decir, respecto a aquel punto donde es posible romper los equilibrios biopolíticos que la metrópolis postmoderna verifica continuamente en la acción de gobernance que ahora ya está marcando la política al tiempo del Imperio.
04. La empresa, la institución, el común
Los saberes menores nacidos y desarrollados en los centros sociales y en los lugares liberados han creado estructuras excepcionales tanto bajo un perfil estético como funcional, han puesto en pie actividades de utilidad pública, nos han permitido a todos reapropiarnos de espacios que quedaron marginados por el desarrollo, le han devuelto el espíritu a los barrios abandonados a la degradación, en suma, han hecho “ricas” —de sentido, antes que de ninguna otra cosa— a aquellas zonas de las metrópolis que querían ser condenadas a la marginación. No es extraño entonces que los poderes públicos —desde las administraciones comunitarias— estén interesados no sólo en construir condiciones de diálogo con estas experiencias, sino sobre todo en sumergirlas en el flujo general de la producción político-económica que ellos mismos gestionan, más aun, indicando en las potencialidades manifiestas de los centros sociales la capacidad de “poner en juego” formas de subsidiaridad social, en definitiva, aquel famoso “hacer sociedad” que en la governance no quiere decir otra cosa que transformar los puntos de antagonismo en amortizaciones del conflicto social.
No hay que contentarse entonces por la patente de “empresa social” que a menudo, y ciertamente con razón, se deja a los centros sociales en virtud de su innegable productividad, más que nada porque la dimensión, por así decirlo, emprendedora de un centro social nace y se desarrolla en la autonomía y ningún poder podrá nunca arrogarse el derecho de decidir el precio; después porque también ésta de la empresa social, el participar en la erogación de servicios para la sociedad, es una cualificación que rinde, sólo parcialmente, la complejidad de la máquina biopolítica. Ésta representa sólo el lado productivo, que no por cierto el más importante, y de hecho, a causa de esta productividad, se inserta fácilmente en la generalidad de los flujos metropolitanos.
Si bien es una dimensión bastante necesaria, aunque no obligatoria, la empresa social es, por tanto, algo a tener bien en cuenta, si no fuese por el flujo económico —en definitiva, el “dinero”— que tiende a alimentar: el dinero va reconducido sin residuos a las exigencias del movimiento, de otro modo correría el riesgo de convertirse y bien rápido en el principal responsable del naufragio de la experiencia, corrompiéndola y consignándola al dominio del equivalente o bien a la inutilidad de cada verdadera relación biopolítica y comunista, que está siempre fundada sobre la diferencia y sobre la destrucción del valor de cambio.
En cambio, es necesario continuar construyendo y reivindicando la propia potencia. Reclamar el propio ser una institución de contrapoder territorial. La diferencia entre empresa e institución no es pequeña, se estará de acuerdo, aunque ninguna de ambas está privada de riesgos. En el primer caso es evidente el riesgo de ser funcional a la dinámica de poder metropolitano a través de la “devolución” de algunos servicios sociales que desde lo público se convierten en privado, en vez de devenir siempre más parte de lo común: lo común de hecho permite encontrar las singularidades sin eliminar las diferencias, rompe el dominio de lo privado y el poder de lo público y vive en una continua expresión de subjetividad tendencialmente proyectada hacia una multitud per se. La tarea, evidentemente, es la de pasar de la empresa social a la empresa común.
En el segundo caso, sin embargo, el riesgo de devenir institución está en la posibilidad que tiene ésta de parar el proceso constituyente y de configurarse entonces como un poder bloqueado sobre sí mismo, esto es, una forma de representación del movimiento. Las instituciones multitudinarias por tanto no pueden ser definidas por una continua recualificación política propia que, obviamente, pasa a través de su capacidad de conflicto para trasegar sólidas conquistas para todos pero sin testificar nunca sobre éstas. Lo importante es estar siempre en la potencia y nunca en el poder, ésta me parece ser en definitiva la regla áurea de cada institución revolucionaria.
Si la dimensión-empresa social puede crear las condiciones de una mejor calidad de vida para la ciudad, la dimensión-institución es la garantía material de las conquistas del centro social, es decir, la defensa activa de éstas y de los activistas pero también, cuando es el momento, provee al ataque militante contra las estructuras del biopoder. La tercera dimensión que califica al centro social —después de la empresa social y la institución proletaria— es la más importante, la que se aparta de cualquier valor del poder y del trabajo, la que vive en modo inverso a la destrucción de la medida y de la intensidad de las relaciones biopolíticas que desencadena, que produce lo que es sumamente antiproductivo para la llamada sociedad civil y esto es lo radicalmente otro, el rechazo de cada regla del Estado y, justamente, la conspiración gloriosa en contra de éste. La tercera dimensión es el centro, el “corazón”del centro social y de cada lugar liberado, y podemos llamarla la común.
No estamos indicando retornos a experiencias contraculturales ni aludiendo a la fundación de nuevas “ciudad del sol”. Estamos hablando del legado de hermandad que une a los militantes del centro, de la inteligencia colectiva que hace que cada singularidad viva la propia potencia a su único nivel posible, el de la comunidad de destino. Estamos diciendo, esto es, que la organización revolucionaria del siglo xxi puede fundarse solamente sobre la puesta en común de la subjetividad y de la separación de este común de la melaza de la sociedad civil.
La sociedad civil es un simulacro, y también aquello que se llama “el movimiento” a veces corre el riesgo de serlo si no viene participado por el ánimo carnal de los comunes en lucha. Y si la empresa tiene necesidad de sus manager y la institución de sus (sub)comandantes, en la común no hay individuos sino singularidades dispuestas en un cerco irregular y sin centro alguno, una constelación de cuerpos en movimiento que improvisadamente puede convertirse en un enjambre y/o dispersarse en la multitud para retornar juntos en formas diferentes pero más potentes.
Las comunes, entendidas en tal sentido, son también aquellos lugares que han permitido durante un prolongado periodo la continuidad de la subjetividad subversiva a lo largo de un camino hecho tanto de derrotas, traiciones y desesperaciones y que por medio de las comunes renace siempre como un fénix de mil cabezas. Es en la dimensión común donde comienza cada proceso de organización, porque es ahí donde a través de los encuentros positivos se desarrolla la confianza, pero especialmente es en la común donde los sujetos expresan los propios afectos y de éstos nacen siempre las decisiones importantes. Puede ser que una empresa fallezca y que el poder destruya nuestras instituciones, pero las comunes permanecen incluso cuando ya no son visibles. Éstas son el respectivo militante de lo inmaterial que hegemoniza hoy la producción de la cooperación social, un flujo de subversión contra la metrópolis capitalista.
Todo esto no significa de hecho vover a cerrarse sobre sí mismos ni mucho menos retirarse desdeñosamente de la acción pública, todo lo contrario. Significa abrir y estirar aún más las propias redes y penetrar horizontalmente en la trama biopolítica metropolitana para organizar el éxodo, para sacarle renta a la renta, para destruir el biopoder y para construir nuevas amistades en la insurgencia colectiva. De lo inmaterial a lo material no existe un salto ontológico sino únicamente diferencia de grado... Cada centro social se convierte así en el extraño atractor de todo lo que es verdaderamente importante en el caos creativo de la metrópolis contemporánea: las prácticas de libertad y de autonomía de una multitud ingobernable, el deseo organizado de la revolución que viene.