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[Autonomía y Metrópolis] 0.0 introducción al debate/ centros sociales contra la explotación metropolitana. Precarios en Movimiento-Málaga

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0.0 introducción al debate/ centros sociales contra la explotación metropolitana. Precarios en Movimiento-Málaga
0.0 introducción al debate/ centros sociales contra la explotación metropolitana

Precari@s en movimiento. Málaga, 2008

La antología de textos que se presenta a continuación surge de la necesidad de analizar un fenómeno que, hoy con mayor frecuencia y de un modo más visible que nunca, forma parte de nuestro entramado —principalmente— urbano: los centros sociales (ocupados y/o autogestionados) que, desde aproximadamente una década atrás, proliferan en el seno de los movimientos sociales, tanto a nivel estatal como europeo.

Aquello que se dio en llamar “movimiento okupa” mutó en lo que hoy denominamos “centros sociales de segunda generación”. Son muchos los intentos que desde los propios movimientos autónomos se vienen realizando para explicar esta transformación. Resulta evidente la comezón de profundizar en una lectura política de los Centros sociales de segunda generación en tanto que espacios de reorganización, resubjetivización y composición de las nuevas figuras productivas en el contexto metropolitano.

Aquí, a modo de sonda, lanzamos una recopilación de algunos de esos intentos, con la esperanza de contribuir a alcanzar las profundidades de una cuestión tan compleja —por reciente, heterogénea, fluida, en continuo progreso, acosada y en conflicto perenne, inevitablemente escurridiza, efímera a veces, etc.—.
Arrancar al poder un espacio para autogestionarlo es en la actualidad una práctica codiciada y contagiosa. Es el modo de condensar experiencias alternativas y radicales que, al mismo tiempo, se entreveran con culturas urbanas, juveniles y underground. La fuerza motriz de esta máquina fue, como hemos dicho, aquella potente dinamo rotulada “movimiento okupa”.

Alrededor de este movimiento se aglutinó una actitud crítica frente a la sociedad de consumo, los sistemas de valores dominantes, el bloqueo de los procesos de participación social y política existentes a la sazón. Así mismo, se verificó una práctica de verdadero cuestionamiento ante la propiedad privada, el proceso de especulación urbanístico y la connivencia entre intereses privados y administraciones locales.

Ya en los albores de ese movimiento encontramos, sin embargo, algunas de las limitaciones que, con el tiempo, se concretaron en una considerable merma de la potencia expansiva, corrosiva y —forzoso es reconocerlo— de influencia político-social de estos centros. Podemos enumerar de manera muy general algunas de las causas: la reproducción casi mimética de una estética determinada, una forma autorreferente de gestionar la comunicación con el exterior, la fijación de identidades ideológicas estáticas, la inconsistencia organizativa, la vinculación meramente resistencialista con las instituciones —y su consecuente dinámica de ocupación/desalojo, nueva ocupación/nuevo desalojo—, etc.

Será a finales de los años noventa cuando comience a circular una serie de reflexiones que abrirán un debate crítico en el seno de las propias ocupaciones. Se pone entonces en cuestión no ya el hecho de ocupar espacios vacíos, sino la forma de hacerlo y de proyección pública, la manera de plantear objetivos y trascender el mismo espacio ocupado, así como las posibles modificaciones en la estrategia a la hora de relacionarse con el entorno social y las administraciones públicas. De la reflexión acerca de estos problemas germina, es cierto, una amplia variedad de experiencias, pero en su inmensa mayoría se encaminan a un verdadero cambio en la orientación de los centros sociales.

A partir de ahora comienzan a convertirse en motores (bio)políticos, productores de movimientos con capacidad real para sumergirse en el nuevo ecosistema metropolitano y atacarlo. Inevitablemente, no son pocas las reflexiones que por entonces tratan de conceptualizar estos nuevos espacios como “centros sociales de segunda generación”. Estas distintas experiencias, este flamante tipo de proyección política, de prácticas de autoorganización y conflicto configuran un insólito panorama, y de ahí la aspiración de aprender, de combinarse con otros para aumentar la potencia de cada práctica.

Los nuevos centros sociales deben pensarse como laboratorio (bio)político común, abierto y nómada. Ése el deseo, que no la obsesión, que motiva estas páginas. Escribimos este prólogo desde Málaga, donde hemos atravesado ya diez años de distintas experiencias de centros sociales (dos de ellas activas aún: el Centro social Casa de iniciativas y la Casa Invisible). Nunca hemos dejado de buscar. Entendemos que conocer y aprender de vivencias similares es un motor fundamental de crecimiento colectivo.

Del mismo modo que viajamos para contaminarnos a flor de piel por un sinfín de propuestas relevantes, no dejamos de invitar a otros centros sociales y movimientos a madurar juntos, a cooperar y crear nociones y prácticas comunes. Nos gusta pensar que en los últimos años hemos construido, al lado de estas experiencias hermanas de centros sociales (y muchos otros colectivos y proyectos), una serie de reflexiones, circuitos, invenciones, rupturas, prácticas, etc., que justifican la antología presente, así como la reciente edición del DVD Resistir es crear, donde se repasan estos últimos diez años del movimiento social malagueño a través de la experiencia de la Casa de iniciativas.

Nuestra vocación es la de convertir las islas en archipiélagos, y ha estado siempre acotada por la intuición, la afinidad y la continua y verdadera investigación militante. Hemos querido caminar preguntando, mezclarnos y contagiarnos. Nadie nos tiene que contar la dificultad de componer estos comunes, de construir mayores sinergias, de superar las absorbentes dinámicas territoriales e ir más allá de la propia experiencia diaria, de marcar ritmos, tiempos, de trazar recorridos intermetropolitanos.

Como no podía ser de otro modo, hemos incurrido también en equivocaciones, hemos escogido malas compañías para viaje tan apasionante, hemos errado al decidir cuándo era posible e interesante trabajar en conjunto y cuándo no. En realidad, son muchos los caminos que nos conducen a lugares parecidos. En ocasiones, cuando hemos hablado de esos archipiélagos deseables allá donde sólo hay islas, se nos ha malentendido por distintas razones, como si mediante semejante metáfora señaláramos algún tipo de estéril plataforma, coordinadora u organización.

Nuestra voluntad, por el contrario, es que la inteligencia y saberes menores y experimentales acumulados en más de diez años sirvan como herramienta colectiva con la que ampliar las capacidades de los movimientos sociales. Sólo así podemos emprender ensayos colectivos que, en momentos concretos, nos hagan más fuertes y nos lleven a osadías mayores e incisivas (pensemos, por ejemplo, en la Caravana de noviembre de 2005 contra las muertes en la frontera ceutí).

Igualmente, hemos vivido dificultades a la hora de explicitar estas afinidades y búsquedas conjuntas. Ello no ha obstado para que hagamos de esas trayectorias comunes una tendencia organizativa y compositiva abierta, una subjetividad colectiva dentro de los movimientos en gestación. No tenemos miedo a equivocarnos ni reconocer nuestros errores, por cuanto nos guía la certeza de que seguimos construyendo y acumulando (de forma flexible y no lineal) saberes, potencias, recursos, razonamientos y afecto. A lo largo de los últimos años se han celebrado en diferentes lugares de nuestra geografía encuentros para debatir el papel de los centros sociales contra la explotación metropolitana y de su constitución en cuanto contrapoderes sociales.

Son tres los aspectos que, grosso modo, atravesaron esos encuentros y que ahora rescatamos para situar el eje en torno al cual girarán los próximos capítulos:

a) Las evoluciones comunes que han llevado a una parte de los movimientos hacia un devenir biosindical, tanto del centro social como de las prácticas de autoorganización y conflicto. Esto quiere decir que nuestras máquinas de lucha y organización afrontan sin tapujos la necesidad de un sindicalismo biopolítico con el que enfrentar la nueva explotación del trabajo vivo en las metrópolis.

b) La comprensión de que los fenómenos de precarización y explotación de esta composición del trabajo-vida son uno de los sustratos materiales para un conflicto social generalizado. Desde esta perspectiva, e inmersos en esa dinámica de dispersión social, explotación flexible y biopolítica, debemos pensar los centros sociales como nuestra mejor arma (hasta la fecha) para una reorganización subjetiva y política de las nuevas figuras obreras precarizadas.

c) La condensación y coagulación que suponen estos centros dentro de una red de contrapoderes sociales, lo que nos devuelve a un modo de choque radical contra el escenario sistémico. La hechura de los centros sociales es la suma de subjetividades precarizadas que no sólo resisten, sino que desobedecen frente a las novedosas estructuras y tejidos de poder, que cooperan, subvierten y crean para extender su influencia rebelde en los complejos territorios metropolitanos.

Todo ello se podría resumir en la siguiente hipótesis: los procesos de politización en torno a la precarización y hacia un nuevo biosindicalismo cuentan con el centro social como espacio de subjetivación de una incipiente y vaporosa figura de clase. Nos daríamos por satisfechas si este pequeño libro sirviera para asumir el centro social como artefacto subjetivo, dispositivo complejo, tupida red que aspira a convertirse en contrapoder social frente a la explotación metropolitana.

Debería ser un instrumento con el que elaborar una reflexión colectiva sobre la composición técnica, cultural, subjetiva, política y de clase que vive, gestiona y proyecta el centro social como espacio político de nuevo tipo, como miríada productiva de un antagonismo reverdecido, precario y metropolitano. Nos debería servir para entender por qué en la actualidad resulta imperativo ensayar modelos híbridos con los que armar nuevas máquinas políticas.

¿Qué composición técnica, cultural y política sustenta, agrega y afecta a los centros sociales?, ¿cuál es la temática que vertebra el trabajo político de cada centro social?, o, dicho de otro modo, ¿de qué manera se entrelazan los dispositivos contra la precariedad y el centro social como dinámica de creación autónoma?, ¿qué coyunturas y problemas comporta este ensamblaje?, ¿en qué medida el centro social puede convertirse en un movimiento organizado con posibilidad de crecer como sujeto político en la ciudad?, ¿cuáles son los límites a la hora de confeccionar, como figuras precarias, un movimiento consistente?, ¿qué papel desempeña el centro social en el entramado mixto de la ciudad (u otro territorio de intervención) y los distintos actores sociales (más o menos organizados)?

Son sólo algunas preguntas que guían las reflexiones de esta recopilación. Lo habíamos dicho al principio, sólo pretendemos contribuir de un modo modesto a un complejo análisis. Arrancamos, pues, con el centro social como punto de partida, como nodo contra la explotación metropolitana, como paso imprescindible en la discusión sobre los nuevos laboratorios intermetropolitanos. Mitad sindicato social, mitad institución cultural anómala, alberga un enjambre heterogéneo de cooperación productiva, un espacio de economía autónoma.

Su silueta es la de un sujeto político experimental, una fábrica social autoorganizada. Ya lo hemos afirmado más arriba, es contrapoder territorial metropolitano. Tampoco lo olvidamos: el centro social es hoy en día la taberna del precariado. Brindemos, pues, por la edición de este libro.
 
 

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