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LOCAL Reseña :: Metropoli / Urbanismo : Sevilla

arquitectos, sátrapas y sus falos emblemáticos (más sobre Puerto Triana, Sevilla)

Mensaje en listas, del Sr. Gómez, que incluye un comentario sobre la torre de Puerto Triana de Sevilla y dos artículos sobre arquitectura y sociedad. Habrá que comentar próximamente la entreda de Viera en la lista municipal del PSOE que entre sus primeras manifestaciones a vuelto a hablar de edificar en Tablada... tema directamente relacionado con Cajasol y su torre... y es que nunca tienen suficiente...
Hola:

Me han hecho llegar un par de artículos que, creo, son de interesante lectura. Imaginando que a ti también pueda parecértelo, te los reboto adosados abajo.

Además, vienen ahora al pelo en Sevilla, habida cuenta la colosal torreta o chimenea que algunos ¿modernos? están empeñados en plantarle a la ciudad (a la comarca, es más) en Puerto Triana; es decir, en to'l bebe. (Sin entrar en otras cosideraciones, habrá que ver hasta donde llega el atasco cuando los casi 3.000 coches digan de entrar y de salir del aparcamiento previsto en sitio tan sensible y ya colapsado: los días normales, hasta Niebla; los días de niebla, hasta Huelva...).

En fin, algo habremos hecho (o dejado de hacer) para merecernos que se atrevan a plantear semejante despropósito...

Saludos, ...

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Mefisto y los arquitectos

Por Rafael Argullol, escritor

El PAIS
Viernes, 15 de Diciembre de 2006

Estos días se ha comentado mucho el proyecto Gazprom City, un complejo arquitectónico culminado por un rascacielos de 320 metros que deberá edificarse junto al río Neva, en San Petersburgo. Los comentarios han sido de índole estética, aunque no han faltado tampoco los que aludían a las circunstancias políticas y económicas. En contra del proyecto se han manifestado algunas de las principales instituciones culturales petersburguesas y muchos ciudadanos, algunos de los cuales han protestado con pancartas: Un rascacielos para cada imbécil o una torre para cada idiota.

El motivo esencial de la protesta es la destrucción del perfil histórico de San Petersburgo en el caso de que se erija Gazprom City, al menos en el proyecto actual. Quien conozca San Petersburgo tenderá a creer, desde luego, que un rascacielos de 320 metros en pleno centro puede ser un atentado definitivo a la armonía de la ciudad. Pero en la polémica se mezclan otras razones. El historiador Daniel Kotsiubinsky ha resumido algunas de ellas con la afirmación de que, con el nuevo conjunto arquitectónico, Putin construirá su pirámide de Keops.

Al parecer, Vladímir Putin, petersburgués de origen, está trasladando muchas sedes de empresas a su ciudad natal. Naturalmente la joya de la corona no es otra que Gazprom, el imponente monopolio de la energía sobre el que cabalga el nuevo poder ruso. Trasladando la sede de Gazprom desde Omsk, en la lejana Siberia, a San Petersburgo Putin estaría realizando una jugada con múltiples connotaciones simbólicas. Además de construir su pirámide de Keops edificaría el icono del nuevo poder para advertencia de propios y extraños, es decir, de sus conciudadanos y de los ciudadanos de los países europeos dependientes, como es sabido, de la energía que Gazprom puede proporcionar o negar en el inmediato futuro. La mazorca de maíz y el falo camaleón, como los petersburgueses, con sorna, denominan al rascacielos proyectado, es, además, un fetiche político perfectamente calculado.

No obstante, lo que en esta polémica -y en otras polémicas semejantes que afectan también al equilibrio urbanístico de las ciudades- me llama la atención es la actitud de los arquitectos que participan en los concursos, generalmente restringidos, que se convocan por parte de las autoridades políticas. En el caso de San Petersburgo todos eran de renombre mundial: Rem Koolhaas, Jean Nouvel, Daniel Liebeskind LLC, Herzog & De Meuron y el estudio RMJM London Limited, ganador del concurso. No sé la reacción de los perdedores pero me ha resultado curiosa la de un representante del estudio ganador que, según los periódicos, ha calificado a los petersburgueses que protestaban como un lastimoso grupito. Hay que recordar que entre el lastimoso grupito se hallan los presidentes de la Sociedad de Conservación de los Monumentos y del Colegio de Arquitectos y el director del Museo Ermitage.

Visto en fotografía el proyecto Gazprom City de RMJM London Limited no me parece ni bueno ni malo. Es un ejemplar más de la actual arquitectura espectacular que, basada en una sofisticada tecnología y en imponentes efectos especiales, propone una suerte de tótems a las ciudades ricas del mundo con independencia de su ubicación en el planeta. El tótem sirve por igual para norte, sur, este y oeste y morfológicamente acostumbra a ser provocativo, estilizado y bonito, sobre todo si se toma como una escultura para ver desde los aviones o para mostrar en las postales destinadas a turistas.

Lo más discutible de estos bonitos tótems -los hay también feísimos- es que muy pocas veces tienen en cuenta la singularidad del territorio en el que van a ser incrustados. El mismo tótem sirve para un lugar y para otro. Sorprendentemente, los constructores de tótems a gran escala tampoco tienen demasiadas manías a la hora de elegir al patrón ni aparentar estar muy preocupados para calibrar el alcance destructivo de sus obras. La impresión que uno tiene es que ciertos estudios internacionales de arquitectos contemplan los paisajes urbanos con la misma alegría única y depredadora con que las gigantescas empresas multinacionales observan los paisajes económicos del mundo.

Incluso hay cierta simetría de conductas. Si la empresa deslocaliza industrias y puestos de trabajo sin tener para nada en cuenta lo que melancólicamente Graham Greene llamaba el factor humano, atenta tan sólo al abstracto sismógrafo de los beneficios, el estudio multinacional de arquitectura localiza sus iconos de poder, siempre adecuados al simbolismo que exigen los poderosos, con similar despreocupación con respecto a las consecuencias concretas para los habitantes de una ciudad.

Quizá sea injusto con alguno de los arquitectos antes citados, participantes en el concurso de San Petersburgo, pero creo que en general se echa en falta una visión crítica de la arquitectura que ellos -y tantos otros- pasan por alto y que, en algún caso, sí existía con anterioridad. La arquitectura contemporánea, volcada en el aprovechamiento máximo del espectáculo y de la globalización carece, salvo contadas excepciones, de una reflexión sólida sobre la relación entre el hábitat y los habitantes, el paso imprescindible para llegar a una construcción equilibrada, aquella conciencia de la dimensión humana de la arquitectura que no sólo han reclamado los maestros modernos sino que dejó ya muy claro, en el siglo XV, Leon Battista Alberti.

Con sus tótems erigidos aquí y allá algunos arquitectos aupados al estrellato, y que significativamente se apoderan de gran parte de los encargos a lo largo y ancho del planeta, han vuelto a una concepción arcaica de la arquitectura por más que se vanaglorien de la tecnología empleada en sus propuestas. Lo arcaico y lo reaccionario pueden perfectamente cubrirse con las más vistosas máscaras tecnológicas. Es, de nuevo, el arquitecto del rey al servicio de los rituales del poder.

¡Y qué puede importarle al arquitecto del rey la vivienda del ciudadano! ¿Cuántos edificios de viviendas dignas en una ciudad digna son pensados en los grandes estudios de arquitectura? El arquitecto del rey está mucho más interesado en servir a su señor y en sacar réditos y fama de su servilismo. Ofrece sus fetiches al mejor postor: ahí tenéis la vistosa sede de banco, el hotel más elevado, el rascacielos que certificará el dominio de tal o cual corporación. Nada nuevo bajo el sol porque siempre ha habido arquitectos dispuestos a ser el arquitecto del rey. Acaso lo novedoso es que ahora en los medios de comunicación aparentan ser los únicos que hay y, además, sus productos se esparcen por todas las ciudades del mundo siempre que haya un cliente dispuesto a pagar.

Es posible que, como dijo el representante de RMJM London Limited, los manifestantes que protestaban en San Petersburgo contra el Proyecto Gazprom City fueran un lastimoso grupito; unos pobres diablos. Y, no obstante, aparte de estos pobres diablos hay en todos estos algún demonio de envergadura que anda suelto comprando almas. Sabe que no pocos están dispuestos a venderlas a cambio de un buen encargo.

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El Lugar soy Yo

Por Salvador Moreno Peralta, arquitecto

EL PAÃ?S
Miércoles, 10 de enero de 2007

Aun cuando tenga una enorme repercusión social, el mundo de la arquitectura y de los arquitectos tal vez sea uno de los más endogámicos, de ahí que artículos como "Mefisto y los arquitectos", publicado en estas páginas el pasado diciembre por el escritor Rafael Argullol, desde la atalaya de su autoridad intelectual -o mejor, desde su simple estatuto ciudadano- sea recibido por los que consideramos esta profesión un servicio público como una intromisión de todo punto saludable.

De todas las Bellas Artes -y convengamos que aún lo sigue siendo- tal vez sea la arquitectura la que mejor sirva a la voluntad de trascendencia y perpetuación del ser humano, de ahí que un proyecto arquitectónico, de la misma manera como han nacido todas las ciudades, tenga algo de acto fundacional. Cualquier proyecto, por pequeño que sea, transforma una realidad que es colectiva, un entorno con respecto al cual miles de personas han moldeado dialécticamente su condición de ciudadanos, de ahí que todo paisaje urbano sea geografía, pero también sea historia. La cuestión está en saber si el nuevo tiempo urbano que inaugura esa nueva forma es mejor que el tiempo pasado, si esa criatura es un digno testimonio del tiempo cultural en que le tocó nacer.

No son extrañas, pues, las vinculaciones de la arquitectura con el poder en su intrínseco afán de perpetuación, pues, a despecho de los innumerables agentes que participan en una obra arquitectónica -muchos de ellos, desde el modesto albañil hasta el director facultativo, hacen de ella su vida durante el tiempo que dura su construcción- al final esa obra queda vinculada al político, regidor, príncipe o rey bajo cuya férula se erigió, de la misma manera que las distintas fases del Vaticano, por ejemplo, están históricamente más ligadas a los Papas que las impulsaron que a los arquitectos que las hicieron. Cualquier alcalde de nuestro país sabe perfectamente de qué estamos hablando.

La historiografía arquitectónica ha sido inmisericorde con el Movimiento Moderno y su correlato en el llamado estilo internacional por cometer dos pecados capitales: el primero de ellos fue la descontextualización, esa uniformidad estilística y formal que, haciendo abstracción completa de las condiciones físicas del lugar, permitía que cualquier edificio pudiera colocarse en cualquier parte. Y el segundo, el desprecio a la dimensión simbólica de la arquitectura, sometida al dictado de la cruda funcionalidad.

La paradoja es que los movimientos posteriores, pendulares y contrarios a los excesos del funcionalismo y la internacionalización, esto es, el posmodernismo y el deconstructivismo, en su afán de personalización de la obra arquitectónica, dieron como resultado una forma de internacionalización aún mayor: la de los arquitectos-estrella férreamente vinculados no ya a la dimensión simbólica que reclamábamos, sino a su preponderante condición de publicistas, creadores de logos y de imágenes. Como dice Oriol Bohigas, la arquitectura de la imagen es, por su propia naturaleza, la de un individualismo feroz; está claro que para que un rascacielos sea importante es imprescindible que no se parezca en nada al que tiene al lado, que sea, antes que nada, distinto. Es desde esa consentida arrogancia como, según cuenta Argullol en el artículo mencionado, un representante del equipo ganador del rascacielos que viola la horizontalidad de San Petersburgo calificaba a los petersburgueses
discrepantes como un lastimoso grupito. Pero es también esa misma arrogancia la que hace que estos arquitectos, convertidos en auténticos tótems mediáticos, acaben siendo esclavos de su propia iconografía, cuyo valor añadido es lo que se busca, condenados para siempre a repetirse a sí mismos o, sencillamente, abocados a ser en cada ocasión retorcida, dramática o grotescamente originales. Si con el Movimiento Moderno el mismo estilo valía para cualquier sitio, asistimos hoy a otra forma de descontextualización: cualquier artefacto vale para cualquier sitio siempre que sea de autor. No es por casualidad que en la exposición On-Site: new architecture in Spain, primero exhibida en Nueva York y ahora en Madrid, sin demérito de la calidad de las obras seleccionadas, incuestionable en la mayoría de los casos, rara vez aparecen inscritas en sus emplazamientos geográficos, claro ejemplo de que la dimensión mediática de la obra prima sobre los vínculos que pudieran y debieran
mantener con el lugar, como queriendo decir, rememorando al Rey Sol, el Lugar soy Yo.

Y puesto que hablamos de rascacielos, vemos últimamente que en nuestro país, al que le cuesta mucho sacudirse los hábitos de nuevo rico, la alianza de los poderes políticos y económicos ha dado lugar a una desenfrenada y priápica carrera por ver en qué ciudad se hace la torre más alta y, claro está, distinta. La última competición se está produciendo actualmente en Sevilla, donde, en el momento de escribir estas líneas, se dirime la construcción de una torre más alta que la Giralda entre tres reputados arquitectos internacionales. Uno de los proyectos justifica su propuesta en que la Giralda estaba sola y hacía falta alguien que la sacara a bailar. No contento con esta sustanciosa justificación, el autor explica que su torre, de 187 metros de altura, tendrá formas de traje flamenco y se cubrirá con una piel de cerámica verde y blanca, como un patrón de un mosaico andaluz.

Eximo al reputado colega de toda culpabilidad en el comentario, y no por una pedestre solidaridad corporativa sino porque lo realmente penoso es que en este país hayamos tenido que llegar a esto: que semejante guiño aldeano pueda ser proferido por alguien de indudable talento, probablemente porque no tenga más remedio que hacerlo así, si quiere obtener un salvoconducto para llegar al corazón de las fuerzas vivas locales. No sé, tal vez esté equivocado y esto sea un ejemplo de lo que algunos consideran fructífera simbiosis de lo local y lo global, una metáfora algo chusca de la mundialización de nuestra sociedad, con sus intrínsecas paradojas. Pero me temo que no. Me temo que la escudería de los arquitectos-estrella, en su papel de demiurgos o catalizadores de la modernidad -como creo haberle oído una vez a Vicente Verdú- no están haciendo otra cosa que suministrar la coartada cultural para justificar los despilfarros megalomaniacos con que las ciudades compiten como
empresas en el mercado global. Y ello en un momento en el que la magnitud y la complejidad de los problemas urbanos, si no queremos que nos estallen en la cara, requieren tanto del rigor científico para comprender situaciones nuevas como del coraje político en la acción, más que de banalidades publicitarias para consumo de revistas especializadas y malformación de estudiantes de Arquitectura. En definitiva, unas actitudes parecidas a las de los apóstoles del Movimiento Moderno. Quizá se pasaron de fundamentalistas, y de ingenuos, en su pretensión de lograr un arte total, pero por lo menos nadie les pudo negar su decencia.
 
 

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