El ser humano contemporáneo está fundamentalmente desterritorializado. Sus territorios existenciales originarios –cuerpo, espacio doméstico, clan, culto- ya no se asientan sobre un terreno firme, sino que se aferran a un mundo de representaciones precarias y en perpetuo movimiento. Los jóvenes que deambulan con un walkman pegado a la oreja sólo escuchan melodÃas producidas lejos, muy lejos, de su tierra natal. Además, ¿qué puede significar para ellos “su tierra natalâ€??. Seguramente no se trata del lugar donde reposan sus antepasados, donde vieron la luz y morirán. Ya no tienen antepasados; han ido a parar allà sin saber porqué y desapareceran de la misma manera. Una codificación informática les “asigna una residenciaâ€? a partir de una trayectoria socio-profesional que los programa, unos en una posición relativamente privilegiada, otros en una de beneficiarios.
Hoy en dÃa todo circula, la música, la moda, los eslóganes publicitarios, los gadgets, las sucursales industriales y, por tanto, todo parece permanecer en el mismo lugar, hasta el punto de que las diferencias se borran entre situaciones manufacturadas y dentro de los espacios estandarizados donde todo se ha vuelto intercambiable. Los turistas, por ejemplo, hacen viajes casi inmóviles, transportados en los mismos autocares, en las mismas cabinas de avión, duermen en las mismas habitaciones de hotel climatizadas y desfilan delante de monumentos y paisajes que ya han visto cientos de veces en los folletos y las pantallas de televisión.
La subjetividad está amenazada por la petrificación. Se ha perdido el gusto
por la diferencia, por lo imprevisto, por el acontecimiento singular. Los concursos
televisados, el star system dentro del deporte, los espectáculos, la vida polÃtica
actúan como drogas neurolépticas que previenen la angustia al precio de la infantilización,
de la desresponsabilización. ¿Hemos de lamentar la pérdida de las referencias
estables del pasado? ¿Debemos desear una parada en seco de la historia? ¿Tenemos
que aceptar como una fatalidad la vuelta a los nacionalismos, al conservadurismo,
la xenofobia, al racismo y al integrismo?
El hecho de que hoy en dÃa notables sectores de opinión se vean atrapados por
estas tentaciones no las hace menos ilusorias ni menos peligrosas. Sólo si se
forjan nuevos territorios transculturales, transnacionales, transversalistas
y universos de valor liberados de la fascinación del poder territorializado,
se podrán encontrar salidas a la actual situación estancada del planeta. La
humanidad y la biosfera juegan la misma partida, y el porvenir de las dos depende
de la mecanoesfera que las envuelve. En otras palabras, no podemos pretender
recomponer una tierra humanamente habitable sin reformular las finalidades económicas
y productivas, los planes urbanÃsticos y las prácticas sociales, culturales,
artÃsticas y mentales. La máquina infernal de un crecimiento económico ciegamente
cuantitativo, que no tiene en cuenta su impacto humano y ecológico y que además
está situado bajo los exclusivos auspicios de la economÃa del beneficio y el
neoliberalismo, debe dar paso a un nuevo tipo de desarrollo cualitativo que
rehabilite la singularidad y la complejidad de los objetos del deseo humano.
Esta concatenación de la ecologÃa ambiental, de la cientÃfica, de la económica,
de la urbana, y de las ecologÃas sociales y mentales la he bautizado con el
nombre de ecosofÃa; no para englobar todos estos enfoques heterogéneos
dentro de una misma ideologÃa totalizadora o totalitaria, sino para indicar,
muy al contrario, la perspectiva de una elección ética y polÃtica de la diversidad,
del dissensus creativo, de la responsabilidad delante de la diferencia y la
alteridad. Cada segmento de vida, al permanecer insertado en corrientes transindividuales
que lo superan, es comprendido fundamentalmente en su unicidad. El nacimiento,
la muerte, el deseo, el amor, la relación con el tiempo, el cuerpo, las formas
vivas e inanimadas piden una mirada nueva, depurada, disponible. Esta subjetividad,
que el psicoanalista y etólogo de la infancia Daniel Stern denomina el “yo emergente�,
la debemos regenerar constantemente. Reconquistar la mirada de la infancia y
de la poesÃa en sustitución de la óptica seca y ciega al sentido de la vida
del experto y el tecnócrata. No se trata de oponer la utopÃa de una nueva “Jerusalem
celeste� como la del Apocalipsis, a las duras necesidades de nuestra época,
sino de instaurar una “ciudad subjetiva� en el corazón mismo de estas necesidades,
reorientando las finalidades tecnológicas, cientÃficas y económicas, las relaciones
internacionales (particularmente entre el Norte y el Sur) y la gran maquinaria
de los medios de comunicación de masas.
Deshacerse, pues, de un nomadismo falso que, de hecho, nos deja allà donde estábamos, en el vacÃo de una modernidad exangüe, para acceder a las lÃneas de fuga del deseo, a las que nos conducen las desterritorializaciones maquinales, comunicacionales, estéticas. Crear las condiciones para que emerja, con motivo de una reapropiación de los resortes de nuestro mundo, un nomadismo existencial tan intenso como el de los indios de la América precolombina o el de los aborÃgenes australianos. Esta nueva definición colectiva de la finalidad de las actividades humanas depende, en gran medida, de la evolución de la mentalidad urbana. Los prospectivistas predicen que, durante los próximos decenios, cerca del 80% de la población mundial vivirá en aglomeraciones urbanas. Cabe añadir que el 20% residual de la población “ruralâ€? dependerá igualmente de la economÃa y la tecnologÃa de las ciudades. De hecho, la distinción ciudad/naturaleza se modificará profundamente, los territorios “naturalesâ€? asumirán gran cantidad de programas de habilitación turÃstica, de ocio, de segundas residencias, de reservas ecológicas, de actividades industriales teleméticamente descentralizadas. Lo que quedará de naturaleza habrá de ser, entonces, objeto de tantas atenciones como el propio tejido urbano. En un sentido más general, las amenazas que pesan sobre la biosfera, el aumento demográfico mundial y la división internacional del trabajo conducirán a la opinión pública urbana a considerar sus problemas particulares sobre el trasfondo de una ecologÃa interplanetaria. Pero, ¿es éste poder hegemónico de las ciudades necesariamente sinónimo de homogeneización, de unificación, de esterilización de la subjetividad? ¿Cómo se conciliará, en un futuro, con las pulsiones de singularización y reterritorialización que hoy en dÃa sólo encuentran una expresión patológica a través del resurgimiento de los nacionalismos, los tribalismos y los integrismos religiosos? Desde la más remota antigüedad, las grandes ciudades han ejercido su poder sobre el campo, las naciones bárbaras y las etnias nómadas (para el Imperio Romano, a un lado y otro del limes). Pero en esas épocas, la distinción entre civilización urbana y mundo no urbano se mantenÃa, en general, muy marcada, adoptando la forma de oposiciones de Ãndole religiosa y polÃtica. Augustin Berque, por ejemplo, analiza muy agudamente la tendencia de la sociedad japonesa urbana tradicional a alejarse tanto del “bosque profundo y de sus quimerasâ€? como de toda aventura mar adentro. Pero los tiempos han cambiado: los japoneses no sólo han llevado su economÃa y su cultura a todo el mudo habitado, sino que además, sus alpinistas son los más numerosos, con diferencia, entre los que cada año escalan las pendientes del Himalaya. La diferencia entre las ciudades ha tendido a desdibujarse a partir del siglo XVI, cuando se dio una verdadera proliferación de modelos de ciudad, de manera correlativa a la emergencia de los procesos de urbanización y equipamiento colectivo de las grandes entidades nacionales y capitalistas. Fernand Braudel ha estudiado, por ejemplo, la diversidad de las ciudades españolas. Granada y Madrid eran ciudades burocráticas, Toledo, Burgos y Sevilla, también y, además, eran centros de rentistas y artesanos; Córdoba y Segovia eran ciudades industriales y capitalistas; Cuenca era industrial y artesanal; Salamanca y Jerez agrÃcolas, y Guadalajara, clerical. Otras ciudades, fueron más bien militares, “ovejerasâ€?, campesinas, marÃtimas, de estudio.. Finalmente, la única manera de mantener unidas todas estas ciudades dentro de un mismo conjunto capitalista es considerándolas como otros tantos componentes de una misma red nacional de equipamientos colectivos. Hoy en dÃa, esta red de equipamientos materiales e inmateriales se teje a una escala bastante más amplia. Y cuanto más planetaria se vuelve esta red, más se digitaliza, se estandariza, se uniformiza. De hecho, esta situación es el resultado de una larga migración de las ciudades-mundo –como las ha denominado Fernand Braudel- que consiguieron sucesivamente una preponderancia economica y cultural: Venecia, a mediados del siglo XVI, etc., son buenos ejemplos. Según este autor, los mercados capitalistas se desplegaron en zonas concéntricas a partir de centros urbanos que poseÃan aquellas claves económicas que les permitÃan captar la parte esencial de las plusvalÃas, mientras que hacia su periferia éstas tendÃan hacia un grado cero y los precios alcanzaban valores máximos como consecuencia de un aletargamiento de los intercambios. Esta situación de concentración del poder capitalista en una sola metrópolis mundial se ha visto profundamente alterada a partir del último tercio del siglo XX. Desde entonces, ya no se tratará de un centro localizado, sino de la hegemonÃa de un “archipiélago de ciudadesâ€? o, más exactamente, de subconjuntos de grandes ciudades conectadas por medios telemáticos e informáticos.
Asà pues, la ciudad-mundo de la nueva imagen del capitalismo mundial integrado se ha desterritorializado profundamente, y sus componentes se han diseminado sobre un rizoma multipolar urbano que abarca toda la superficie del planeta. Observemos que, si esta configuración en la red planetaria del poder capitalista ha homogeneizado sus equipamientos urbanos y de comunicación, asà como la mentalidad de sus élites, también ha exacerbado las diferencias de nivel de vida entre las zonas de hábitat. Las desigualdades ya no se producen necesariamente entre un centro y su periferia, sino entre pequeñas mallas urbanas sobreequipadas tecnológica e informáticamente, y entre zonas de hábitat mediocre para las clases medias y zonas, en ocasiones catastróficas, de pobreza. Ejemplos de ello los vemos en la proximidad de algunas decenas de metros entre los barrios ricos de Rio de Janeiro y las favelas, o en la contigüidad de un punto clave de las finanzas internacionales en uno de los extremos de Maniatan y las mÃseras zonas urbanas de Harlem o South Bronx, sin mencionar las decenas de millares de sin techo que ocupan las calles y parques públicos. En el siglo XIX todavÃa era frecuente que en los pisos más altos de los edificios viviera gente pobre, mientras que los demás pisos eran habitados por familias ricas. Por el contrario, hoy en dÃa, la segregación social se afirma bajo una especie de encerramiento en guetos, como Sanya, en el corazón de Tokio, el barrio de Kamagasaki en Osaka o los suburbios deseredados de ParÃs. Algunos paÃses del tercer mundo están incluso a punto de volverse equivalentes a los campos de concentración, o cuando menos, en zonas de asignación de residencia para una población a la cual se le prohÃbe traspasar sus fronteras. Pero lo que hace falta remarcar es que, incluso hasta en los inmensos barrios de barracas del tercer mundo, las representaciones capitalistas encuentran la manera de infiltrarse mediante televisores, gadgets y drogas. La acomodación del amo y del esclavo, del pobre y del rico, del privilegiado y del subdesarrollo tiende a producirse conjuntamente en el espacio urbano visible y en formaciones de poder y de subjetividad alienadas.
La desterritorialización capitalista de la ciudad, sólo representa, pues, un
estadio intermedio; se instaura sobre la base de la reterritorialización rico/pobre.
AsÃ, no se trata de aspirar a volver a las ciudades cerradas sobre sà mismas
de la época medieval, sino, al contrario, de ir hacia una desterritorialización
suplementaria, polarizando la ciudad hacia nuevos universos de valor que le
concedan como finalidad fundamental una producción de subjetividad no segregadora
y, no obstante, resingularizada, es decir, liberada de la hegemonÃa de la valorización
capitalista centrada únicamente en el beneficio. Esto no quiere decir que necesariamente
haga falta abandonar las regulaciones de los sistemas de mercado. Es preciso
admitir que la persistencia de la miseria no es una simple situación residual,
sufrida más o menos pasivamente por las sociedades ricas.
La pobreza es deseada por el sistema capitalista, que se sirve de ella como
una palanca para controlar la fuerza de trabajo colectiva. El individuo está
obligado a someterse a las disciplinas urbanas, a las exigencias de la condición
de asalariado o de los rendimientos del capital. Está obligado a ocupar un lugar
determinado en la escala social, sin el cual se hundirÃa en el abismo de la
pobreza, de la asistencia social y, eventualmente, de la delincuencia.
La subjetividad colectiva regida por el capitalismo se polariza dentro de un campo de valor: rico/pobre, autonomÃa/asistencia, integración/desintegración. Pero, ¿es este sistema de valores hegemónico el único concebible? ¿El corolario indispensable de toda consistencia social? ¿No podemos prever la emancipación de otros modos de valorización (el valor de la solidaridad, el valor estético, el valor ecológico, etc.)?
La ecosofÃa se centra, justamente, en un redespliegue de los valores. Otras motivaciones que no sean la atroz amenaza de la miseria han de ser capaces de promover la división del trabajo y la dedicación de los individuos a actividades socialmente reconocidas. Esta refundación ecosófica de las prácticas se ha de establecer de forma escalonada primero en los niveles más cotidianos, personales, familiares, de vecindad, hasta llegar a los retos geopolÃticos y ecológicos del planeta. Debe cuestionarse la separación entre lo civil y lo público, entre lo que es ético y lo que es polÃtico, y reclamarse la redefinición de las formas colectivas de expresión, concertación y realización. No sólo llevará a “cambiar la vidaâ€?, como decÃa la contracultura de los años sesenta, sino a cambiar la manera de hacer urbanismo, educación, psiquiatrÃa y polÃtica, asà como la manera de gestionar las relaciones internacionales. No se trata, pues, de volver a concepciones “espontaneistasâ€? o a una autogestión simplista, sino de combinar una organización compleja de sociedad y de la producción junto con una ecologÃa mental y de relaciones interpersonales de un nuevo tipo.
Dentro de este contexto, el porvenir de la urbanización parece estar marcado por diversos rasgos, de implicaciones muy a menudo contradictorias:
1. -Un fortalecimiento del gigantismo, sinónimo de desarrollar las comunicaciones internas y externas, y de aumentar la contaminación que, con demasiada frecuencia, llega ya a niveles intolerables.
2.- Una constricción del espacio de la comunicación (que Paul Virilio denomina la “dromosfera�), a causa de una aceleración de la velocidad del transporte y de la intensificación de los medios de telecomunicación.
3.- Un fortalecimiento de las desigualdades globales entre las zonas urbanas de los paÃses ricos y las de los del Tercer Mundo, y una acentuación de las diferencias en las ciudades entre los barrios ricos y los pobres, que no harán otra cosa que agudizar los problemas de seguridad personal y de bienes, la constitución de zonas urbanas relativamente incontroladas en la periferia de las grandes metrópolis.
4.- Un movimiento doble:
a)
b) de una tendencia contraria al nomadismo urbano:
- nomadismo cotidiano, consecuencia de las distancias entre el lugar de trabajo y el hogar, que no han hecho sino aumentar, por ejemplo en Tokio, a causa de la especulación;
- nomadismo de trabajo, por ejemplo entre Alsacia y Alemania, o entre Los �ngeles, San Diego y México.
- presión nómada de las poblaciones del Tercer Mundo y de los paÃses del Este hacia los paises ricos.
Podemos pensar que, en el futuro, estos movimientos aquà cualificados de nómadas, se volverán cada vez más difÃciles de controlar y serán una fuente de fricciones étnicas, racistas y xenófobas.
5.- Constitución de subconjuntos urbanos “tribalizadosâ€? o más exactamente centrados en una o en diversas categorÃas de población de origen extragero (por ejemplo en Estados Unidos, los barrios negros, chinos, puertorriqueños, chicanos, etc.)
Algunas ciudades de gran crecimiento como México, que dentro de unos años llegará a los treinta millones de habitantes y que sufre una tasa récord de contaminación y de embotellamientos, parecen enfrentarse a obstáculos insuperables. Otras ciudades ricas, como por ejemplo en Japón, prevén movilizar enormes recursos para remodelar su configuración. Pero la respuesta a estas problemáticas sobrepasa, por lo que parece, el marco del urbanismo y de la economÃa, e involucra otros aspectos sociopolÃticos, ecológicos y éticos.
Las ciudades se han convertido en máquinas inmensas -�megamáquinas�, en palabras de Lewis Mumford-, productoras de subjetividad individual y colectiva, mediante los servicios colectivos (educación, sanidad, control social, cultura, etc.) y los medios de comunicación de masas. No podemos separar los aspectos de infraestructura material, de comunicación, de servicio, de funciones, que podemos cualificar de existenciales. La sensibilidad, la inteligencia, el estilo interrelacional y hasta los fantasmas inconscientes están modelados por estas megamáquinas.
De aquà la importancia que se instaure una transdisciplinariedad entre los urbanistas,
los arquitectos y las demás disciplinas de las ciencias sociales, humanas y
ecológicas. El drama urbano que se perfila en el horizonte de este fin de milenio
es sólo un aspecto de una crisis mucho más profunda que amenaza el futuro de
la especie humana en este planeta. Sin una reorientación radical de los medios
y, sobre todo, de las finalidades de la producción, el conjunto de la biosfera
se desequilibrará y evolucionará hacia un estado de incompatibilidad total con
la vida humana y, en términos más generales, con toda forma de vida animal y
vegetal. Esta reorientación implica un cambio urgente en la industrialización,
especialmente de la quÃmica y la energética, una limitación del tráfico rodado
o la invención de medios de transporte no contaminantes, la suspensión de las
grandes deforestaciones... De hecho, lo que hace falta cuestionar es todo un
espÃritu de competencia económica entre los individuos, las empresas y las naciones.
Hoy por hoy, la actual concienciación ecológica sólo llega a una minorÃa de
la opinión, por mucho que los grandes medios de comunicación comiencen a estar
bastante sensibilizados por estos asuntos, a medida que se definen los riesgos.
Pero aún estamos lejos de llegar a una voluntad colectiva operativa capaz de
enfrentarse a los problemas y de influir en las instancias polÃticas y económicas
que tienen el poder. Hay, por lo tanto, una especie de carrera entre la conciencia
humana colectiva, el instinto de supervivencia de la humanidad y un horizonte
catastrófico que augura el fin del mundo humano en el plazo de algunos decenios.
Una perspectiva que hace que nuestra época sea a la vez inquietante y apasionante,
ya que los factores éticos y polÃticos adquieren un cariz que jamás habÃan tenido
en el curso de la historia.
No puedo dejar de señalar que la futura concienciación ecológica no deberÃa
conformarse con preocuparse por factores ambientales como la contaminación atmosférica,
las previsibles consecuencias del calentamiento del planeta, la desaparición
de numerosas especies, sino que también deberÃa responder a la devastación ecológica
relativa al campo social y al ámbito mental.
Sin una transformación de la mentalidad y de las costumbres colectivas, sólo
habrá medidas de “recuperaciónâ€? del medio ambiental. Los paÃses del sur son
las principales vÃctimas de este tipo de devastación, a causa del aberrante
sistema que, hoy por hoy, preside los intercambios internacionales. Por ejemplo,
el control del catastrófico crecimiento demográfico que sufren la mayorÃa de
ellos está vinculado, en gran parte, a su salida del marasmo económico, a la
promoción de un desarrollo armonioso que sustituya los objetivos de un crecimiento
ciego centrado únicamente en los beneficios. A la larga, los paÃses ricos no
sacarán ningún provecho de la polÃtica actual, pero, ¿cómo adquirirán conciencia
del abismo al cual les abocan sus dirigentes?
El miedo a la catástrofe, el terror del fin del mundo no son necesariamente
los mejores consejeros. La proclamación de las masas alemanas, italianas, japonesas
de la ideologÃa suicida del fascismo, hace cincuenta años, sólo nos ha demostrado
que la catástrofe llama a catástrofe en una especie de vértigo colectivo mortal.
Es, por lo tanto, primordial que un nuevo eje progresista, cristalizado alrededor
de los valores positivos de la ecosofÃa, considere como una de sus prioridades
remediar la miseria moral, la pérdida de sentido que va anulando cada vez más
la subjetividad de las poblaciones desarraigadas, sin futuro, dentro de las
mismas ciudadelas capitalistas. HarÃa falta describir el sentimiento de soledad,
de abandono, de vacÃo existencial que invade los paÃses europeos y los Estados
Unidos. Millones de personas sin trabajo, millones de personas que necesitan
asistencia llevan una vida desesperada dentro de unas sociedades cuya única
finalidad es la producción de bienes materiales o culturales estandarizados,
que no permiten la expansión ni el desarrollo de las capacidades humanas.
Ya no podemos contentarnos con definir la ciudad en términos de espacialidad. La naturaleza del fenómeno urbano ha cambiado. Ya no es un problema entre otros. Es el problema número uno, el problema crucial de los retos económicos, sociales, ideológicos y culturales. La ciudad produce el destino de la humanidad, sus promociones asà como sus segregaciones, la formación de élites, el porvenir de la innovación social, de la creación en todos los ámbitos. Asistimos demasiado a menudo al desconocimiento de la problemática de este aspecto global. Los polÃticos tienden a dejar estos asuntos en manos de los especialistas.
No obstante, cabe señalar una cierta evolución. En Francia asistimos, bajo la presión de los ecologistas, tanto de derechas como de izquierdas, a una especie de recentramiento de la vida polÃtica en el nivel local urbano. Los debates en el Parlamento tienden a pasar a un segundo plano en relación con los retos que hay en las grandes ciudades y las regiones. Hay incluso, en estado latente, un inicio de rebelión de los concejales de Francia contra los estados polÃticos mayores concentrados en la capital. Pero sólo es una tÃmida evolución que más adelante pordrÃa llegar a alterar mucho más profundamente el conjunto de la vida polÃtica.
Uno de los motores importantes de las futuras transformaciones urbanas será la invención de nuevas tecnologÃas, sobre todo la conjunción entre lo audiovisual, la informática y la telemática.
Resumimos lo que podemos esperar en un futuro próximo:
- la posibilidad de hacer desde casa los trabajos más diversos, unidos telemáticamente con diversos interlocutores;
- el desarrollo de la visiofonÃa en correlación con la sÃntesis de la voz humana, hecho que simplificará en gran medida el uso de teleservicios y bancos de datos, que tomarán el relevo de bibliotecas, archivos y servicios de información;
- la generalización de la teledistribución por cable o teléfono, que dará acceso a un gran número de programas en los campos de ocio, la educación, la formación, la información y las compras desde casa;
- el contacto inmediato con personas que estén de viaje alrededor del mundo;
- nuevos medios de transporte, no contaminantes, que combinen el transporte público con las ventajas del transporte individual (convoy integrado de transportes individuales, cintas transportadoras de gran velocidad, pequeños vehiculos programados que circularán sobre lugares adecuados);
- una clara separación entre los niveles y los emplazamientos destinados al tráfico rodado y aquellos destinados a peatones;
- nuevos medios de transporte de mercancÃas (tubos neumáticos, cintas transportadoras programadas que permitan, por ejemplo, la entrega a domicilio).
En cuanto a los nuevos materiales, las futuras construcciones permitirán un diseño cada vez más audaz, un atrevimiento arquitectónico mayor, indisolublemente vinculado a la lucha contra la contaminación y el ruido ambiental (tratamiento de aguas, residuos biodegradables, desaparición de los componentes tóxicos de la alimentación, etc.)
A continuación resumimos los factores que llevarán a poner cada vez más el acento sobre la ciudad como medio de producción de la subjetividad mediantes nuevas prácticas ecosóficas:
1.- Las revoluciones informáticas, robóticas, telemáticas, biotecnológicas comportarán un crecimiento exponencial de todas las formas de producción de bienes materiales e innamteriales. Pero esta producción tendrá lugar sin crear un nuevo volumen de ocupación, como demuestra un excelente libro de Jaques Robin, Changer d'ere. En estas condiciones se produce una cantidad creciente de tiempo disponible y de actividad de ocio. ¿Qué haremos? ¿�Pequeños trabajos� insignificantes, como han imaginado las utoridades francesas? ¿O desarrollaremos nuevas relaciones sociales de solidadridad, de ayuda mutua, de vida vecinal, nuevas actividades de proteccción del medio ambiente, un nuevo concepto de cultura, menos pasivo delante del televisor, más creativo, etc.?
2.- Este primer factor se verá reforzado por las consecuencias del enorme crecimiento demográfico que se mantendrá, a escala planetaria, durante decenios, esencialmente en los paÃses pobres, y que no hará otra cosa que exacerbar la contradicción entre los paÃses donde “suceden las cosasâ€? en los ámbitos económicos y culturales, y los paÃses del vacÃo, de la desolación y de la asistencia pasiva. También allà se planteará de forma acuciante la cuestión de la reconstrucción de las formas de socialización destruidas por el capitalimo, el colonialismo y el imperialismo. Se volverá a conceder un papel destacado, en este sentido, a formas renovadas de cooperación.
3.- En un sentido contrario, asistiremos a un pronunciado descenso demográfico en los paÃses desarrollados (América del Norte, Europa, Australia, etc.). En Francia, por ejemplo, se constata que la tasa de fecundidad de las mujeres ha disminuido el 30% desde 1950. Esta inflexión demográfica es paralela a una verdadera descomposición de las estructuras familiares tradicionales (disminución del número de enlaces matrimoniales, crecimiento de emparejamientos fuera del matrimonio, aumento de los divorcios, desaparición progresiva de las relaciones de solidaridad familiar más allá del núcleo familiar inmediato, etc.). Este aislamiento de los individuos y de las familias nucleares no se ha compensado en ningún caso mediante la creación de nuevas relaciones sociales. La vida de la vecindad, la vida asociativa, sindical y religiosa sigue estancada y, en general, decrece, “compensadaâ€? por el consumo pasivo e infantilizador de los medios de comunicación de masas. Lo que subsite de la familia se ha convertido en un refugio, a menudo regresivo y conflictivo.
El nuevo individualismo que se ha impuesto a las sociedades desarrolladas hasta el mismo corazón de las familias no es sinónimo de liberación social.
En este sentido, los arquitectos, los urbanistas, los sociólogos, y los psicólogos tendrán que reflexionar sobre lo que podrÃa ser una resocialización de los individuos, una reinvención del tejido social, entendiendo que, con toda probabilidad, no se producirá la vuelta a la recomposición de las antiguas estructuras familiares, de las antiguas relaciones corporativas, etc.
4.- La expansión de las tecnologÃas de la información y del control permitirán considerar de manera distinta las relaciones jerárquicas existentes actualmente entre las ciudades y entre los barrios de una misma ciudad.
Por ejemplo, hoy en dÃa, ParÃs concentra más del 80% de las direcciones de empresas medianas y grandes que se encuentran establecidas por todo el territorio francés, mientras que la segunda ciudad de Francia, Lyon, ostenta menos del 3% del poder de decisión y ninguna otra ciudad alcanza el 2%.
Las transmisiones telemáticas deberÃan permitir modificar este centralismo abusivo. Igualmente, podemos imaginar que en todos los ámbitos significativos de la vida democrática, particularmente en las categorÃas más locales, serán posibles nuevas formas de concentración telemática.
5.- Los sectores culturales y educativos, el acceso a una multitud de cadenas de cable, bancos de datos, cinematecas, etc. podrÃan abrir posibilidades de gran alcance, especialemente en el campo de la creatividad institucional.
Pero estas nuevas perspectivas sólo tendran sentido si son guiadas por una verdadera experimentación social que conduzca a una evaluación y una reapropiación colectiva y que enriquezca la subjetividad individual y colectiva, más que el resultado de trabajar, como desgraciadamente ocurre demasiado a menudo con los medios de comunicación de masas actuales, hacia un reduccionismo, un serialismo, un empobrecimiento general de la “ciudad subjetiva�.
Sugiero que, durante la aclaración de los programas de nuevas ciudades, de renovación
de barrios antiguos o de reconversión de los viejos solares industriales, se
establezcan contratos de investigación y experimentación social de envergadura,
no sólo con investigadores en ciencias sociales sino también con cierto número
de futuros habitantes y usuarios de estas construcciones, con el fin de estudiar
lo que podrÃan ser nuevos modos de vida doméstica, nuevas prácticas de vecindad,
educativas, culturales, deportivas, de atención a la infancia, a las personas
mayores, a los enfermos, etc. De echo, los medios para cambiar la vida y crear
un nuevo estilo de actividad, nuevos valores sociales, están a nuestro alcance.
Sólo hace falta el deseo y la voluntad polÃtica de asumir este tipo de transformaciones.
Estas nuevas prácticas afectan a los modos de utilización del tiempo liberado
por el maquinismo moderno, a las nuevas maneras de concebir las relaciones con
la infancia, con la condición femenina, con las personas mayores, las relaciones
transculturales... Lo que ha de preceder a estos cambios es la toma de conciencia
del hecho de que es posible y necesario modificar la situación actual, y que
no hay nada que sea más urgente.
Sólo en un clima de libertad y emulación se podrán experimentar los nuevos caminos del hábitat, y nunca a golpe de leyes y circulares tecnocráticos. Al mismo tiempo, esta suerte de remodelación de la vida urbana implica que se produzcan transformaciones en la división planetaria del trabajo y , particularmente, que numerosos paÃses del Tercer Mundo dejen de ser tratados como guetos asistenciales.
También es necesario que desaparezcan los antiguos antagonismos internacionales y que se siga una polÃtica general de desarmamento que permita transferir créditos considerables a la experimentación de un nuevo urbanismo. Un punto en el que me gustarÃa insistir es el de la emancipación femenina. La reinvención de una democracia social implica, en gran medida, que las mujeres estén en condiciones de asumir todas sus responsabilidades en todos los niveles de la sociedad.
La exacerbación, mediante la educación y los medios de comunicación de masas, de la diferencia psicológica y social entre lo masculino y lo femenino, que sitúa al hombre en un sistema de valores competitivo y a la mujer en una posición de pasividad, es sinónimo de un cierto desconocimiento de la relación con el espacio como lugar de bienestar existencial.
También debe inventarse una nueva dulzura, una nueva manera de escuchar a los demás en su diferencia y singularidad. ¿Tendremos que esperar transformaciones polÃticas globales antes de emprender las revoluciones moleculares que han de concurrir para cambiar las mentalidades? Nos encontramos frente a un cÃrculo de doble sentido: por un lado, la sociedad, la polÃtica, la economÃa no pueden evolucionar sin una mutación de la mentalidad, pero, por otro lado, la mentalidad sólo puede modificarse realmente si la sociedad experimenta un movimiento de transformación a nivel global.
La experimentación social a gran escala que preconizamos constituirá uno de los medios de salir de esta contradicción. Algunas experiencias logradas del nuevo tipo de hábitat tendrÃan consecuencias considerables para estimular una voluntad general de cambio. (Como se vio, por ejemplo, en el campo de la pedagogÃa, con la experiencia “iniciáticaâ€? de Célestin Freinet, que reinventó totalmente el espacio de la clase escolar).
Esencialmente, el objeto urbano es de una complejidad considerable y pide ser aboradado con una metodologÃa apropiada a esta complejidad. La experimentación social aspira a especies particulares de extraños “atractoresâ€?, comparables con los de la fÃsica de los procesos caóticos. Un orden objetivo “mutanteâ€? puede nacer del caos actual de nuestras ciudades, asà como también una nueva poesÃa, un nuevo arte de vivir.
Esta “lógica del caosâ€? pide fijar la máxima atención en las situaciones por su singularidad. Se trata de entrar en procesos de resingularización y de irreversibilidad del tiempo. Se trata, además, de construir, no sólo dentro de lo real, sino también dentro de lo factible, en función de las bifuraciones que puedan emprenderse; construir dando oportunidades a las mutaciones virtuales que llevarán a las generaciones a vivir, sentir y pensar de una manera diferente a la actual, teniendo en cuenta las inmensas transformaciones, sobre todo de orden tecnológico, que se experimentan en nuestra época. Lo ideal serÃa modificar la programación de los espacios construidos según las mutaciones institucionales y funcionales que les reserva el futuro.
En este senido, una reconversión ecosófica de las prácticas arquitectónicas y urbanÃsticas podrÃa ser decisiva.
El objetivo moderno ha sido durante mucho tiempo el de un hábitat estándar, establecido a partir de unas pretendidas “necesidades fundamentales determinadas de una vez por siempreâ€? Me refiero al dogma constituido por la denominada “Carta de Atenasâ€? de 1933, que representa la sÃntesis de los trabajos del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna), de la cual Le Corbusier dio una versión comentada al cabo de diez años, y que fue el credo teórico de diversas generaciones de urbanistas. Esta perspectiva de modernismo universalista está definitivamente caduca. Los artistas polisémicos, polifónicos, en que se han de convertir los arquitectos y los urbanistas, trabajan con un material humano y social que no es universal, con proyectos individuales y colectivos que evolucionan cada vez más deprisa y donde la singularidad -incluyendo la estética- debe actualizarse mediante una verdadera mayéutica que implique, especialemente, procedimientos de análisis institucional y de exploración de las formaciones subjetivas inconscientes.
En estas condiciones, el diseño arquitectónico y la programación urbanÃstica han de ser considerados dentro de su movimiento, dentro de su dialéctica. Son llamados a convertirse en cartografÃas multidimensionales de la producción de la subjetividad. Las aspiraciones colectivas cambian y cambiarán mañana cada vez más deprisa. Hace falta que la calidad de la producción de esta nueva subjetividad se convierta en la primera finalidad de las actividades humanas, y para poder conseguirlo, se precisa poner la tecnologÃa apropiada a su servicio. Este recentramiento no es sólo, pues, responsabilidad de los especialistas, sino que pide la movilización de todos los integrantes de la “ciudad subjetivaâ€?.
El nomadismo salvaje de la desterritorialización contemporánea reclama una aprehensión
“transversal� de la subjetividad que emerge, una captación que se esfuerce en
articular puntos de singularidad (por ejemplo, una configuración particular
del territorio o del medio, unas dimensiones existenciales especÃficas, el espacio
visto por los niños, los disminuidos fÃsicos o los enfermos mentales), una transformación
funcional virtual (por ejemplo, innovaciones pedagógicas) mientras se fundamenta
un estilo, una inspiración, que permitirá reconocer, a primera vista, la firma
individual o colectiva de un creador.
La complejidad arquitectónica y urbanÃstica encontrará su expresión dialéctica
en unas tecnologÃas del diseño y de programación -con la ayuda, de ahora en
adelante, del ordenador-, una expresión que no se cerrará sobre sà misma, sino
que se articulará en el conjunto de la disposición enunciativa de la cual es
objeto. El edificio y la ciudad constituyen tipos de objeto que son portadores
de funciones subjetivas, de “objetividades-subjetividades� parciales.
Estas funciones de subjetivación parcial que nos presenta el espacio urbano no habrÃan de ser abandonadas al azar del mercado inmobiliario y las programaciones tecnocráticas, ni al gusto medio de los consumidores.
Hace falta considerar todos estos factores, pero han de seguir siendo relativos. Requieren, mediante las intervenciones del arquitecto y del urbanista, ser elaborados e interpretados, en el sentido en que un director de orquesta hace vivir de una manera constantemente innovadora los phylums musicales. Esta subjetivación parcial tendrá, por un lado, tendencia a apegarse al pasado, a las reminiscencias culturales, a las redundancias que dan seguridad, pero, por otro lado, continuará a la espera de elementos de sorpresa, de innovación, en sus puntos de vista, dispuesta a ser un poco desestabilizadora.
Estos puntos de ruptura, estos espacios de singularización no pueden ser asumidos a través de los procedimientos de consenso y democráticos comunes.
Se trata, en resumen, de llevar a cabo una transferencia de singularidad entre el artista creador de espacios y la subjetividad colectiva. Asà el arquitecto y el urbanista se encuentran atrapados, por una parte entre el nomadismo caótico de la urbanización descontrolada o únicamente regulada por instancias tecnocráticas y financieras, y, por otro lado, su nomadismo ecosófico, que se manifiesta a través de su peculiaridad diagramática. Sin embargo, esta interacción entre la creatividad individual y las múltiples constricciones materiales y sociales recibe una sanción de verdad: hay, en efecto, un salto a partir del cual el objeto arquitectónico y el objeto urbanÃstico adquieren su consistencia de enunciadores subjetivos: o se decide vivir o se continúa muerto.
La complejidad de la posición del arquitecto y del urbanista es extrema pero apasionante desde que tienen en cuenta su responsabilidad estética, ética y polÃtica. Inmersos en el consenso de la ciudad democrática, les corresponde guiar mediante el dibujo y el diseño las decisivas bifurcaciones del destino de la ciudad subjetiva.
O bien la humanidad, con su ayuda, reinventa su porvenir urbano o estará condenada a perecer bajo el peso de su inmovilismo, que hoy amenaza con convertirla en impotente delante de los extraordinarios retos que le plantea la historia.
Felix Guattari (1930-1992) psicoanalista y filósofo, miembro de la École freudienne de Paris y fundador de las revistas “Recherchesâ€? y “Chimères,â€? en la que apareció publicado por primera vez este texto. Es coautor junto a Giles Deleuze de “El antiedipoâ€? y “Mil Mesetasâ€?, coautor junto a Toni Negri, de “Las verdades nómadasâ€? y autor de “Las tres ecologÃasâ€?.
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