Dialogos|Lunes, 28 de Agosto de 2006
SUELY ROLNIK, PSICOANALISTA Y FILOSOFA, DISCIPULA DE GUATTARI Y DELEUZE
"En Brasil la prensa no divulga lo que se realizó en este mandato"
Ex presa política durante la dictadura brasileña, se exilió en París y a su regreso
participó en la conformación del PT. Cuestiona la cooptación de los movimientos
artísticos por el mercado y subraya las diferencias con los movimientos sociales.
Afirma que el PT no supo perforar la imagen del gobierno de Lula que construyeron
los grandes medios.
Por Verónica Gago
-Brasil ha sido un país-laboratorio de movimientos sociales desde principios de los
años '80, lo cual aparece extensamente cartografiado en su libro con Guattari. ¿Qué
queda hoy de aquella multitud de experiencias?
-A mí me interesa pensar una especie de alienación patológica que percibo en la vida
cultural brasileña a partir del final de los años '70, cuando se inicia el
movimiento de redemocratización en el país al mismo tiempo que se prepara el terreno
para la instalación del neoliberalismo, como en todas partes. Sabemos hoy que el
nuevo régimen capitalista se caracteriza por extraer plusvalor de las fuerzas
subjetivas, especialmente de las fuerzas de creación y conocimiento,
instrumentalizando las transformaciones culturales y existenciales realizadas por
los movimientos de los años '60 e inicios de los '70. En este panorama se ubican
algunas cuestiones decisivas a discutir. Primero, el hecho de que muchos
protagonistas de aquellos movimientos vivieran equivocadamente esta
instrumentalización como una emancipación que liberaba su fuerza de creación de la
marginalidad y la colocaba en el centro de la vida productiva. Así fue que se
entregaron voluptuosamente a la "cafishización" o rufianización de su energía de
creación por parte del mercado y sus acciones perdieron contundencia crítica. En
segundo lugar, considerando que este fenómeno se verifica un poco en todas partes,
me interesa pensar su especificidad en los países que estaban bajo dictadura en los
momentos de instalación del así llamado "capitalismo cognitivo" o "cultural" -como
es el caso de la mayoría de los países da América latina y de Europa del Este-, pues
me parece que esta operación tiene en estos lugares características específicas.
Antes que nada porque el movimiento cultural de los años '60 y '70 del cual el nuevo
régimen se alimentó, había sido en estos países especialmente osado en su coraje de
experimentación; pero también, y tal vez sobre todo, porque el nuevo régimen se
nutrió de las heridas que la dictadura había inflingido a las fuerzas de creación.
El efecto de esta operación fue doblemente nefasto en estos contextos: el
neoliberalismo fue recibido por muchos como aquello que venía a liberar las fuerzas
de creación de su yugo totalitario y, a la vez, como aquello que venía a curar sus
heridas de un estado aún convaleciente. El resultado, por lo menos en Brasil, fue un
estado de alienación de tipo cultural más patológico aún de lo que sucedió en
contextos que no estaban bajo dictadura.
-¿Este proceso es lo que habría que pensar para entender el contexto de los
movimientos sociales que surgieron en el período de redemocratización de Brasil?
-Paralelamente a esta anestesia del movimiento cultural que acabo de describir, en
estos mismos años '80 florecen en el país movimientos sociales de toda especie,
marcados por el coraje de inventar una expresión a partir de las singularidades de
su experiencia, es decir, desde el modo en que la realidad los afectaba y no a
partir de una representación previa que se proyecta sobre ella; lo cual no les
impedía aglutinarse en torno de objetivos comunes cuando era necesario. El PT
también se origina en aquel momento, funcionando como dispositivo que permitía esa
cohesión de las fuerzas más variadas; las cuales, por otro lado, mantenían su
autonomía. Puede decirse que la fuerza del PT como partido estaba dada
principalmente por ese papel. Es en este paisaje socio-político donde tiene su
origen el libro que hacemos con Guattari: surgió de nuestro deseo de zambullirnos a
fondo en ese movimiento que se agitaba entonces, no sólo en diferentes regiones sino
también en diferentes capas sociales, grupos de minorías y dirigentes del PT pasando
por personas del psicoanálisis a la salud pública. La verdad es que si miramos hacia
los movimientos sociales constatamos que hay también ahí una transformación, pero de
otro orden ya que mantienen la tensión de una vitalidad, lo que no pasa con los
movimientos culturales.
-Ahora, ¿cuál es el efecto de esa coincidencia entre el PT y muchos movimientos
sociales?
-Varios movimientos sociales se terminaron institucionalizando en la medida que
fueron incorporados al Estado, lo que comienza antes del gobierno de Lula. Esta
situación se profundiza en los gobiernos municipales del PT, luego estaduales y
federales, porque es el momento en que no sólo esa institucionalización va más
lejos, sino que muchos antiguos militantes entran al gobierno, sea para cargos más
técnicos o para asesorar y acompañar a los movimientos, y también entran al gobierno
muchos de los propios líderes de los movimientos populares. Este proceso juega la
relación del movimiento hacia dentro del Estado y lo tensiona. La propia experiencia
del Estado genera muchas veces un corte en relación con los movimientos, lo mismo
cuando quien está dentro mantiene una conciencia alerta. Mantener la tensión entre
fuera y dentro es importante: estar dentro para viabilizar las transformaciones y
estar afuera para presionar al Estado. El gobierno de Lula expresa esta tensión.
-¿Es fuerte aún hoy la disociación en Brasil entre movimientos sociales y
movimientos contraculturales, tal como usted describe que pasaba en los '60 y '70?
-Creo que hay un aspecto en el que podemos ver un paralelo entre lo que pasa en los
movimientos culturales y los sociales. Se trata del surgimiento de una nueva
vitalidad y en ambos casos a partir de la segunda mitad de los '90 y principalmente
a comienzos de los 2000. Yo creo que fueron necesarias dos décadas para que se
tomase conciencia de la cafishización de las fuerzas de creación instaurada por el
neoliberalismo y de lo intolerable de este estado de cosas. Fue preciso que surgiera
una nueva generación de artistas que comenzaron a salirse de este escenario, a crear
otros territorios, a organizarse en colectivos, que a su vez se articularon cuando
fue necesario. Ellos dirigieron su interés hacia la vida pública y urbana,
dedicándose a intervenciones y, sobre todo, a romper los límites de su clase de
origen para aproximarse a las clases sociales desfavorecidas, especialmente los
movimientos de ocupaciones de viviendas. Es interesante que este movimiento de
aproximación fue mutuo, pues del lado de los movimientos también surge en el mismo
período una nueva generación que comienza a reivindicar cuestiones de orden
micropolítico, relativas a la libertad de conductas, educación, cultura, mujer,
aborto, etcétera. Esto se verifica por ejemplo en los movimientos de los sin techo y
sin tierra. Ahora, esta transformación paralela de los movimientos sociales y
artísticos los predispuso a un encuentro que aconteció los últimos años y que me
parece potencialmente disruptivo con relación a la cartografía de jerarquías
sociales tan amplia y profundamente instalada en el país. Esto era impensable para
la generación que estuvo en los movimientos de los años '60 y '70 y que se
melancolizó o neoliberalizó en los '80 y '90.
-¿Qué relación tiene el PT actual con los movimientos alternativos?
-Los movimientos más institucionalizados están en su mayoría en el PT, los más
autónomos buscan diferenciarse del PT. Mucha gente de los movimientos más nuevos
tiene reparos con el PT, principalmente por el hecho de que en tanto partido coloca
sus objetivos estratégicos de poder por encima de las cuestiones específicas de los
movimientos. Esto tiene que ver con una cierta tradición de izquierda, marcada por
una idea instrumental hacia los movimientos, que consiste en convocarlos cuando el
gobierno debe aglutinar fuerzas. Es verdad que este tipo de posiciones predominan en
el partido, y es también verdad que existen otras posiciones en este gobierno, que
establecieron una relación distinta con los movimientos, como es el caso de aquellos
que luchan por la reforma urbana.El PT es en verdad un campo de tensiones entre
diferentes posiciones que ahí conviven.
-¿Qué representó Lula como presidente para la cultura política brasileña?
-Cuando Lula fue electo escribí sobre el efecto disruptivo de su presencia no sólo
en la cultura macropolítica de Brasil que siempre fue comandada por las elites, sino
también en la cultura micropolítica. La política de subjetivación dominante está
hecha de figuras de plomo, rígidamente establecidas, en una cartografía jerárquica
de clases con la que tanto pobres como ricos tienden a identificarse acríticamente.
Esto en Brasil es especialmente terrible y distinto del resto de América latina.
Lula era portador de todos los signos que lo situarían en lo más bajo de esa
jerarquía: nordestino, pobre, inmigrante en Sao Paulo, obrero metalúrgico, hablando
un portugués de quien no fue escolarizado, etcétera. A la vez, él se expresaba
totalmente fuera de las fronteras imaginarias autorizadas para aquellos que ocupan
este lugar, que varían entre someterse o rebelarse. Pero en la segunda opción, lo
que suele pasar es que se mantiene al opresor como parámetro, por identificación o
contraidentificación, permaneciendo preso de la misma política de deseo y de la
misma lógica, incluso cuando está trasvestida bajo una retórica de izquierda. El
habla y la postura de Lula se dislocaban de estos lugares: era un habla singular que
emanaba de su experiencia del mundo tal como afectaba su cuerpo, y por esta razón
era capaz de expresar las tensiones de la realidad de manera de contagiar a sus
oyentes. Eso tuvo el poder de abrir un espacio en las subjetividades de las clases
desfavorecidas, convocando y autorizando a ese mismo desplazamiento. Una
inteligencia colectiva aparece en ese momento, lo cual fortaleció a los movimientos
sociales que surgían en un contexto del que el propio Lula es originario. Es en este
plano micropolítico que yo vi la ruptura más significativa e irreversible de la
elección de Lula. En este aspecto, no pienso que haya habido un retroceso, pues eso
no está encapsulado en Lula y es independiente en cierta medida al destino de su
propia figura o de su gobierno: este corrimiento de la cartografía dominante se
expandió y continuará proliferando, por vías imprevisibles por principio.
-¿Pero el desarrollo del mandato de Lula no le modifica su análisis?
-Si analizamos lo que ocurrió en el propio Lula, da la impresión de que ese
corrimiento se fue disolviendo a lo largo de su mandato. Su habla fue perdiendo
singularidad y fue siendo sustituida por una tonalidad populista; una especie de
retorno de un fantasma, inscripto desde siempre en la subjetividad de la clase
política brasilera, para la cual el Estado sólo oye a la elite y mantiene hacia el
pueblo una actitud asistencialista y/o populista, fantasma que ronda también en las
izquierdas en la idea instrumental que marca su relación con los movimientos en sus
vertientes populistas. Esto forma parte de un aspecto grave de la política de
subjetivación dominante del país, donde la noción de esfera pública es muy débil o
inexistente y la práctica de una vida pública, en sentido fuerte, es aún más rara.
Es verdad también que si de un lado prevalecieron estos sectores más tradicionales
de la izquierda; de otro lado, los movimientos avanzaron mucho en este gobierno, a
partir de una relación tensa y productiva entre movimientos y Estado. Las propuestas
que venían siendo debatidas por los movimientos hace mucho tiempo ganaron mayor
espacio y entraron en escena, a la vez que no ha habido necesariamente conquistas
integrales. Pero por lo menos la tensión comenzó a pulsar...
-¿Cómo impactó el escándalo de la corrupción en el PT?
-Es un aspecto complicado. La corrupción está profundamente inscripta en la cultura
política del país y constituye otro aspecto de la inexistencia de una vida pública.
Las elites siempre se apropiaron de los bienes públicos y lo hicieron explícitamente
pues eso era y es considerado prueba de astucia, que hace a un hombre un verdadero
macho digno derespeto. Esta política de subjetivación del Brasil profundo no
desaparece con un pase mágico. El 80% del Congreso funciona con esta lógica y para
votar cualquier ley es preciso comprarlo. Ante este hecho, el gobierno del PT activó
una vieja lógica de esta misma izquierda ortodoxa de la que hablaba antes a
propósito del populismo, para la cual los fines justifican los medios, y que por
tanto cierto grado de corrupción es tolerable pues permitiría realizar tareas
importantes como aprobar leyes. Esto parece estar incorporado como práctica en una
parte del gobierno. Desde un punto de vista micropolítico, lo que tal vez ocurrió
haya sido una movilización de esta tradición de apropiación privada de los bienes
públicos, tan profundamente enraizada en el país, en la subjetividad de algunos de
los dirigentes de origen más popular o de la pequeña clase media que ven en la
corrupción una perspectiva de ascenso social y de pertenencia a la casta de los
machos brasileros. Podemos pensar también que se mezcló con capas de subjetividad
neoliberal: me refiero al poder de seducción de los mundos imaginarios creados por
el capitalismo cultural a través de la publicidad y la cultura de masas, que
vehicula la idea de que existen paraísos y que se puede tener acceso a ellos por
medio del consumo. La vieja corrupción gana contemporaneidad en nuevos ropajes,
tornándose una vía posible de acceso a estos paraísos.
-¿Cuáles son los cambios positivos que señalaría del gobierno de Lula?
-En Brasil la prensa poco o nada divulga lo que se realizó en este mandato, en la
medida en que la comunicación está en manos de las elites que construyen día a día
un imaginario que destruye a Lula, a su gobierno y a su propio partido. Uno de los
puntos débiles de este gobierno fue justamente no haber conseguido inventar
estrategias inteligentes para perforar ese cerco. La principal conquista, desde mi
punto de vista, fue que por primera vez en la historia del país hubo una
transformación en la distribución del ingreso que favoreció a los más pobres y
disminuyó el abismo entre clases sociales. Hubo una incontestable mejoría en las
condiciones de vida de las clases más miserables cuya economía creció un 13% por
año, siendo la media mucho menor. Esto ocurrió porque hubo una serie de políticas de
inclusión social y de oportunidades: la jubilación se tornó proporcional a la renta,
el plan bolsa familiar (de transferencia de renta para los más pobres), la Proune
(para ingreso a universidades privadas para quienes estudiaron en escuela pública),
microcréditos con bajo interés, etc. Esto tal vez no aparezca tan claramente, porque
para que un cambio sea significativo, sobre todo para aquellos que lo viven en su
piel, el abismo es tan grande y el privilegio desmedido incluso está tan
absurdamente instalado que falta mucho para reconfigurar esta situación. Sin
embargo, las clases más pobres perciben claramente el cambio que sufre sus vidas en
este gobierno, y esto se traduce en una aprobación masiva de Lula en las encuestas
de la próxima elección, a pesar de todo el bombardeo de los medios para destruir su
credibilidad. Hay muchos otros ejemplos. Tomaré el de las políticas urbanas que
conozco más de cerca porque mi hermana, Raquel, trabaja en el ministerio de la
ciudad, que fue una creación de Lula. La reforma urbana fue una de las pautas de
políticas sociales que fue incorporada en este gobierno y se basa en el
reconocimiento del derecho de posesión para los asentamientos informales donde vive
la mayoría del pueblo brasilero. Eso es importante porque la inexistencia
territorial de esta franja de población es uno de los elementos que suma ambigüedad
a su inexistencia en la cartografía de la ciudad: esta población es una especie de
fantasma que sólo aparece por los servicios que presta a las otras clases. Vale
recordar que la creación de la Secretaría de Programas Urbanos fue una conquista de
los movimientos populares urbanos y, recíprocamente, en este proceso estos
movimientos se capacitaron, apropiándose de las cuestionesde la ciudad como un todo
y, con eso, se fortalecieron. En este terreno, podemos citar otra conquista
importante de este gobierno como el reconocimiento y la regularización de los
.quilombos.: 2500 comunidades negras aisladas viviendo en la subsistencia y también
totalmente ignoradas en el mapa tanto imaginario como real del país.
-¿Cree que Lula va a ganar las elecciones de octubre?
-Es muy probable que Lula sea reelecto. Pero esto no se deberá a las elites o a las
clases medias, tampoco por la franja de estas clases que se dedica al trabajo
cultural, pues la mayoría sufre una identificación patológica con el capitalismo
cognitivo y cultural del que hablaba al comienzo: cree religiosamente en el discurso
que la prensa construyó en torno al gobierno sin ninguna conciencia crítica ni
ninguna curiosidad. Estos sectores pretenden votar nulo o al candidato del Opus Dei
del PSDB (Geraldo Alckmin). Si este candidato es electo, lo que espero que no
suceda, seremos obligados a convivir con el lamento melancólico de esta franja de la
población, como pasó en Francia con la elección de Chirac. Si Lula es reelecto será
porque cuenta con la mayoría de los brasileros para quienes este gobierno representó
un desplazamiento mínimo de su condición de miseria no sólo económica, sino también
subjetiva y cultural, en la cual estaban hundidos estas especies de seres
inexistentes en la cartografía oficial del país desde su fundación. En este sentido,
tal vez yo no esté equivocada al suponer que la irrupción de una figura como Lula en
el escenario político brasilero, independientemente de lo que pasara luego, sería un
síntoma de rupturas irreversibles que estarían minando subterráneamente las fuerzas
del dinosaurio del Brasil profundo. ¿Quién sabe?
¿POR QUE SUELY ROLNIK?
El arte y el mercado
Por V. G.
Psicoanalista, crítica cultural y curadora, Rolnik trabaja además como docente de la
Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo, donde coordina el Núcleo de Estudios
Transdisciplinarios de la Subjetividad, en el Posgrado en Psicología Clínica. Luego
de ser encarcelada por la dictadura militar brasileña, se exilió en París entre 1970
y 1979, donde además de su formación psicoanalítica se diplomó en Filosofía,
Ciencias Sociales y Psicología. Allí comenzó su relación con los filósofos franceses
Gilles Deleuze y Félix Guattari, con el antropólogo Pierre Clastres y con la artista
brasileña también exiliada Lygia Clark. Por entonces, Rolnik participó con Guattari
en la clínica de La Borde y en los movimientos que agitaron la psiquiatría europea
de esos años. De un viaje compartido entre Rolnik y Guattari por Brasil a principios
de los '80 -que consistió en entrevistarse y discutir con decenas de grupos
artísticos, políticos, homosexuales y de la contracultura, muchos de ellos en
proceso de incorporación al flamante PT- surgió el libro que acaba de ser editado en
Francia y en Argentina: Micropolítica. Cartografías del deseo (Tinta Limón
Ediciones), publicado originariamente en Brasil en 1986. Las preocupaciones
fundamentales de Rolnik giran en torno de las políticas de subjetivación abordadas
desde un punto de vista transdisciplinario, que se concentra en los últimos años en
el arte contemporáneo en sus interfaces con la política y la clínica. En su reciente
presentación en Buenos Aires, Rolnik expuso cómo se produce hoy la captación de las
fuerzas creativas sociales y artísticas por parte del mercado que, reeditando la
promesa cristiana de un paraíso aunque ya no en un más allá, sino en un voraz aquí y
ahora, traza una "geopolítica del rufián".